Crónicas

Las más brillantes de mi generación

Leandro Wolkovicz fue al Segundo Encuentro Plurinacional de Activismo Gordo, en Rosario, y escribió esta crónica para Charco. El título se lo pusimos las editoras. Hay una entrevista a Bimbo, la de Caja Negra, en la que con grandísima lucidez, y casi resonando con el aullido de Allen Ginsberg, dice: ser gorda sigue siendo el primer miedo de las mujeres más inteligentes. Sin embargo, aquí las pruebas de que eso está cambiando. Y las mentes más brillantes de nuestra generación están tirando (también) el sistema gordofóbico.

Llegamos a la costanera rosarina y las calles están inundadas de amarillo por los Ibirapitá. No nos cuesta encontrar el lugar: un montón de gordes descansando a la sombra del galpón del Centro de las Juventudes de Rosario, a metros del río Paraná, buchonean la ubicación. El Colectivo de Gordes Activistas (también conocido como CGA) y Gordes del Oeste, son los principales convocantes del Segundo Encuentro Plurinacional de Activismo Gordo. Acá estamos. Un contingente de alrededor de diez gordas y tres flacas que vienen desde Santa Fe.

 

De lejos reconozco algunas caras. Veo a Online Mami, a Brenda Mato, a Lux Moreno, a Laura Contrera. A algunas las conocía más por su usuario de Instagram que por su nombre de pila. Hay que decirlo: les influencers, en particular las influencers y las modelos plus size, juegan un rol central en el escenario del activismo gordo de Argentina.

Flor Alegre, una de las impulsoras del activismo gordo en Santa Fe, se presenta también como influencer y modelo. Otras referentas están más ligadas al mundo académico, otras al político-partidario. Algunas de ellas, incluso, son funcionarias, como Luz Ferradas, concejala rosarina y Lucía Portos, funcionaria de la Ministeria de Mujeres de la provincia de Buenos Aires.

Descubrí el activismo gordo a través de internet. A mediados de los 2010s, los grupos de Facebook (como #PutxsBizarrxs) eran verdaderas escuelitas de formación política en género, sexualidades, salud, corporalidad. Fluía información sobre subculturas y formas de ver el mundo que difícilmente aparecerían en los medios masivos. En una de esas, cayó en mis manos digitales una copia del fanzine Gorda!, verdadera herramienta de politización de gordes de habla castellana. A partir del activismo gordo, pude volver a interpretar muchísimas situaciones dolorosas de mi vida como gordo: donde antes sentía pura culpa y vergüenza, empecé a observar las huellas de la discriminación y la violencia de un sistema gordofóbico.

Antes, también en Internet, conocí el ambiente de los osos. Lo que, como para muchos, empezó como una subcategoría del porno, se fue revelando como un verdadero submundo social, con sus costumbres, sus rituales, sus clasificaciones. La cultura osa es una forma de organizar el deseo: el deseo desde, hacia y entre osos, hombres gordos, barbudos, peludos. Una cierta estética, situada en la masculinidad, pero reapropiada desde fuera de la hegemonía heterosexual. Si bien el mundo oso dista de ser perfecto, y puede estar atravesado por muchas expresiones de machismo, para mí representó una de las pocas (y más contundentes) representaciones positivas de la gordura con las que me topé.

Foto: Sebastián Granata para Télam

En el Encuentro hay un lugar para todes: para el micromundo feminista, sí, pero también para el Resto del Mundo. En eso, imagino, se parece a los otros Encuentros Plurinacionales. También, en que el 97% de les asistentes se expresan en género femenino. Me encuentro con otro puto, que también se define como oso. Me pregunto si la masculinidad nos ofrece más lugares sociales legítimos desde los cuales alojar nuestra gordura, o si simplemente nos enseña a callar más nuestros padeceres.

Por momentos, el Encuentro se torna más personal, más íntimo. Todes ahí, desde la más nueva hasta la más experimentada, tenemos alguna herida por seguir sanando. Pero rápidamente, la discusión se vuelve (la llevamos) para el lado del agite y del empoderamiento colectivo. Algunas intervenciones, sobre todo de las militantes históricas, son verdaderas arengas. El desafío: politizar la propia gordura, proyectarla hacia lo público, volverla colectiva.

Me toca estar en un grupo con Laura Contrera, una de las autoras del zine Gorda! y de Cuerpos sin patrones, verdadera biblia (aunque estoy seguro de que sus autorxs discutirían con esta palabra) del Activismo Gordo en Argentina. Una de las asistentes mira a Laura con orgullo y manifiesta: “Ella es como una madre para nuestro movimiento”.

Foto: Sebastián Granata para Télam
Foto: Sebastián Granata para Télam

Inevitablemente se me viene a la cabeza la escena de Mrs. America, la serie que ficcionaliza la historia de la lucha feminista estadounidense en los años ’70, donde una mujer se refiere a Betty Friedan (también autora) como “la madre del feminismo”. Por muy renegadxs que seamos del género y la familia patriarcal, la metáfora de la madre es una que no parecemos muy dispuestxs a largar. Madres drag, las hijas y las nietas como lugares de enunciación feminista, las madres de las casas de la escena ballroom, los ejemplos abundan.

Joe, de dieciséis años y media cabeza teñida de turquesa, va al Encuentro con su mamá Corina.

–¿Por qué tengo que poner mis pronombres acá? ¡Si al final somos todos personas!

–Ponelos porque sí, mamá, y dejate de joder.

Hay varios pares de madres e hijas en el encuentro. Y no faltan algunos reproches cruzados: “Me hiciste hacer dieta desde que tenía ocho años”, “yo creía que te estaba ayudando”, ecos que a varies nos tocan de cerca. Pero también hay un reconocimiento colectivo: la culpa no es de mamá. Al fin y al cabo, ella sufrió las mismas violencias, probablemente con muchas menos herramientas para enfrentarlas.

Las comisiones introductorias dan lugar a las presentaciones, al reconocimiento colectivo, un poco a la catarsis. Las comisiones de la tarde se ocuparán de la agenda de temas públicos: Educación y Crianzas, Industria de la Dieta y Ley de Talles, Deseo, Salud y Despatologización. Se hablará de políticas, pero también, de nuevo, de experiencias personales. Cuando la puerta del relato se abre, es difícil volver a cerrarla.

Siempre pensé que la militancia transforma, primero que nada, a las propias personas que militan. Me animo a una generalización (y a un cliché): del Encuentro nos vamos todes un poco diferentes. Donde antes solo veíamos sufrimiento individual, estamos viendo cada vez más un relato colectivo. Y tengo una certeza: el año que viene vamos a ser muches más. No es para menos, según el INADI, la gordofobia es la segunda forma de discriminación más difundida en nuestro país, después del racismo estructural. Pero les gordes nos estamos organizando. Agárrense, que esto recién empieza.