Autoficción

Magia son les gatites

Ana Cornejo sucumbió ante el encanto de adoptar una gata y lo cuenta, en este momento histórico que indica, a las claras, la futura dominación felina del mundo. Con acuarelas de Lautaro Tomasini.

Se reproduce Cats on Mars, una canción en una lengua inventada por la compositora japonesa Yōko Kanno para la banda sonora de Cowboy Bebop, mítico anime de los noventa.

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Un día decidí dar el paso de irme a vivir sola, una experiencia que inevitablemente te hace crecer y conocerte mejor, y en esos primeros meses se fue cultivando la necesidad de compañía. De la soledad se aprende mucho, pero que alguien te espere al llegar tarde y cansada a casa es impagable. Ya desde la mudanza, hermanes y amigues me sugerían traer una mascota, y qué mejor para los pocos ambientes y las alturas que *brillitos brillitos* une gatite. 

Con mi familia siempre tuvimos perros, y el Chino fue la única experiencia felina previa, que solo duró unos meses hasta que me fui de casa. Pero según el vox populi cada gato es distinto, tiene su personalidad y el sexo influye: “los machos suelen ser más bobitos y las hembras más loquitas”, me dijo mi hermana una vez.

Un día llegó como llegan casi todes: por difusión por redes sociales de adopción. Cuatro hermanes en una caja de cartón, recién destetades, aprendiendo a hacer pis en piedritas y sin entender mucho qué está pasando. La elección tuvo un componente mágico: negra, chiquita, flacucha, curiosa, parlante, como el de la bruja Kiki. Sobre una escoba voladora vino y me conquistó. 

¿Se dieron cuenta de lo importante que es nombrar algo? Aunque tenía algunas opciones anotadas, esperé a la experiencia del encuentro y oír qué dice su rostro. Tiene la oscuridad en el pelaje y la forma del hocico como una pantera que habita en alguna selva y que posa en los bordes de los muebles cual esfinge. Un poco de bestialidad para un depto céntrico.

Lautaro Tomasini

Los gatos negros son históricamente difamados, por donde los veas llevan consigo ropajes de mala suerte o conexión satánica. Cuando la traje, una amiga me reveló que fue bueno elegirla porque la salvé de algún ritual. Pero otra, con seguridad, piensa que son más diabólicos, y el comportamiento de esta micha lo comprueba. Tampoco se le contagia el bostezo humano, ¿será psicópata? 

En el libro La Gran Matanza de Gatos, el historiador Robert Darnton narra a través de testimonios de la Francia del Siglo XVIII cómo los gatos eran fronteras sociales: entre la burguesía que los cuidaban como personas y trabajadores que, por su propia explotación laboral, no sentían ningún aprecio, al punto de que salir a matar michis fue un acto de burla hacia ese sistema desigual.  

Siglos después, con persecuciones de superstición religiosa de por medio (hasta que alguien se dio cuenta de que era más salubre vivir con gatos que entre ratas), transitamos una época de amor por les gatites, posiblemente alimentado por tantos dibujos animados, memes y stickers de WhatsApp que hacen casi imposible no quererlos. No por nada el 32% de la población argentina tiene gatos, frente a la media de 23% a nivel mundial, según una encuesta del 2016 del grupo de estudios de mercado GfK. 

Los arañazos y mordidas son un tema mayúsculo, cosas que cualquiera se imagina de antemano de tantos Silvestres y Garfields y que fueron la razón para que a muches no nos dejaran tener gatos de chiques. Pero cuando caés bajo el hechizo gatuno terminás aceptando el combo completo. Como en el Antiguo Egipto, el michi manda.

Hay algo que me esperaba pero que no dimensioné del todo hasta traerla a casa: la responsabilidad grandísima de tener una vida a cargo. Salvando las distancias, un bebé muere si no te ocupás de él. A les gatites hay que darles de comer, agua y llevarles al veterinarie, darles vacunas y antidesparasitarios, gastar un montón en su alimentación, higiene y salud. 

También ocuparte de que no se estrese ni aburra. Con cuatro paredes y un techo no alcanza, a medida que crecen van necesitando correr, saltar, trepar, descargar energía y curiosear por nuevos rincones, lo que se traduce en travesuras cotidianas de meterse donde no debe, llegar a nuevas alturas para extender su dominio o tirar al piso pertenencias preciadas. 

Y la mejor solución, como todo, es apelar al ingenio. Podés comprarles todos los juguetes del mundo, pero probablemente con lo único que jueguen sea con tapitas, cosas colgando y, por supuesto, la aventura de meterse a una caja y sentirse contenide en un espacio reducido, como si fuera une humane que se refugia entre sus sábanas para evadir la amenaza del mundo.

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Se reproduce Roma, canción de El Kuelgue surgida de la tristeza de Julián Kartún por la desaparición de su gata cuando empezó la pandemia.

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Por suerte, tanta responsabilidad trae como recompensa muchos momentos de ternura: desde estar horas mirándola hacer lo que sea y que te derrita de amor hasta disfrutar de cuando se duerme encima tuyo y sentir la respiración, la suavidad de las patitas y el reflejo materno de succión que la hace entrar en trance. Aprender las zonas para acariciar y los movimientos de la cola es clave. 

Son animales realmente sensuales. Ella tiene su velocidad feérica que parece teletransporte o duplicación, su andar seductor y el brillo de la noche sobre su cuerpo con el que se vuelve Michelle Pfeiffer acharolada. Ya está castrada, ningún macho vendrá a joder a esta femme fatale.

Como vieja chusma, mira la calle a través de una red en el balcón que oportunamente ya estaba antes de mudarme, y huye pavorida cuando pasa el colectivo por la cuadra o una moto mostrando lo grande que tiene el escape. Tal vez la empiece a pasear con correa como les porteñes, así conoce un poco más que este micromundo y baja algunos cambios *y yo también de paso*.

Lautaro Tomasini

El Papa dijo que los jóvenes de ahora son egoístas porque prefieren tener mascotas en vez de hijos. Pero le puedo asegurar que esta felina es una hija que, aunque no la traje al mundo, fue encontrada en él con mucho amor. ¿Acaso ese don nunca tuvo el privilegio de recibir el cariño de un michi?

Al pensarlo, quedo asombrada del peso de una presencia y su capacidad de hacer un poco más habitable un lugar donde compartir soledades. Y también donde complementarse: quizás el torbellino de fuego que desprende es lo que me faltaba entre tanta rutina y organización. 

La Selva ronronea y todas sus fieras duermen de placer *y mientras escribo esto reniego de arañazos en las manos*. 

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Se reproducen muchos lofi chill hip hop jazz beats extended con gatites bien cutes.