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Crónicas

Una cueva de rock y fantasía

Cazadores Recolectores aprovechó la vuelta del ciclo de Cine & Música en el Cine América para invitar a un recital junto al lanzamiento de su primer videoclip, de la canción “Comer, caminar, vivir”. Además, se presentó el cómic de Ignacio Barreda, el bajista, que inspiró la animación del video. Una crónica de Agustina Lescano.

En el hall del Cine América se empezó a mezclar el público que salía de la función de Cine Club con el que llegaba a ver a Cazadores Recolectores. El vestuario de Florencia Ordiz, la productora de la banda, es un spoiler de la noche: tiene una polera estampada abajo de un remerón verde fluo, como una túnica, con un parche de tela naranja con el dibujo de un pájaro enganchado de la cintura.

Yo llegué con una amiga que tenía un afiche de la presentación de su libro. Cuando preguntamos en la boletería para pegarlo, nos respondieron cerrando los ojos un segundo para recordar. Es la primera vez que nos piden pegar algo en la cartelera desde que empezó la pandemia, nos dicen, y la fecha queda subrayada en la línea histórica del América, de la ciudad y de los proyectos.

El encierro, esa cosa de la que no sabemos bien cómo hablar y al que esta noche volvemos con otro sentimiento, para encontrar algo nuevo ahí adentro. Del hall del Cine, iluminado y lleno de gente que compra su entrada, saluda amigues, se saca el abrigo, pasamos a la sala oscura. Flor, además de productora de la banda, es quien produjo el videoclip que venimos a ver. Es la primera canción del disco “A los que creen haber ganado”, que la banda lanzó en mayo; y es ella quien abre el escenario, para presentar primero a Ignacio -Nacho- Barreda, el bajista e ilustrador del cómic que inspiró la animación de este video. También a Claudia Ruiz y a Marcos Gabriel Martínez, quienes se encargaron de la animación y postproducción.

“No es que sale un pimpollo y vos decís ah, voy a hacer un cómic”, explica Flor y los pincha para que cuenten sobre el trabajo del corto. El cómic de Ingacio Barreda –Nacho, que se dedica también al humor gráfico– está hecho con plumines y tinta china, en blanco y negro. La historia está situada en el momento al que remite el nombre de la banda, que con los ojos de hoy, se lee como distopía. Los seres humanos que habitan ese mundo son un elemento más entre el paisaje y los animales, con los que tienen que lidiar para sobrevivir afuera de la caverna.

Se enciende la pantalla para proyectar el video y la canción hace el primer guiño del disco a Charly García y, otra vez, la línea histórica: Detrás de las paredes al final sí se puede, comer, caminar, vivir, dicen los Cazadores Recolectores. Huir hacia adelante, sigue la letra, con un interminable impulso por deambular, es la forma para continuar el recorrido. Como el flauner de Baudelaire, el disco cuenta historias de amor, de resquebrajamiento, les habla a quienes hacen leña del árbol caído y se pasea por distintos estilos musicales. A todo le pone una buena capa de fantasía rockera, que hace que sea una de esas bandas que dan ganas de seguir.

A partir del cómic de Nacho, Claudia y Marcos imprimeron las ilustraciones, completaron algunas de manera digital y luego hicieron la animación de manera analógica, en distintas capas. Tuvieron que crear las transiciones entre las distintas escenas que dibujó Nacho, que varían entre planos generales y acercamientos.

Después de la proyección, comienza el recital. Suben de a uno y empiezan a tocar Mariano Rinaldi en voz y guitarra rítmica, Emiliano Raffin en coros y primera guitarra y Álvaro Fernández en batería, además de Nacho en el bajo. Como Flor, están vestidos por Tora. Colores, estampas y la marca de la banda se unen a la fantasía de la noche -un recital de rock en una sala de cine- y le ponen nostalgia noventera. Hay un pequeño desperfecto técnico en el arranque pero después suena tremendo.

“Che, ¿vos vas a comprar una lata al kiosco de al lado? Comprame una, que después te pago”, le pide Mariano a alguien que se levanta, efectivamente, a comprar una cerveza. La latita aparece al rato, iluminada por la pantalla al borde del escenario, como estamos todes desde las butacas.

Mariano es de esos cantantes que hablan entre canción y canción, que conduce el recital. En su voz se mezclan un aire sesentoso y psicodélico con el humor, y una cadencia que arrastra las palabras de versos como Mejores tratos se hacen con la luz de la luna, se hacen con la luz del sol sobre la luna. No por jugar con el personaje del frontman se priva del romanticismo.

En la pantalla vemos una hoguera, dibujada en trazo de crayón. Son las visuales de Antonia Mercado, que antes acompañó en sintetizadores a la banda, cuando se presentó el disco en Tribus. Después la comenzarán a rodear manos que buscan calor, piedras, mariposas, árboles, cangrejos, hasta que aparezca una imagen del mundo, entre dos manos. Mientras que el videoclip cuenta la historia de salir de la caverna y recorrer los restos de la ciudad (¿prehistóricos? ¿del futuro desolado?), las visuales de Antonia pareciera que cuentan lo que estamos haciendo esta noche, reunidos en una habitación oscura, iluminados por la pantalla y las luces del escenario.

En el divague que me trajeron los Cazadores, pensando en la voz irónica de Mariano, llego ahora a una entrevista a Adrián Dargelos, que una vez dijo: “Para componer música se necesita mucha memoria, un grado de memoria complejísimo, que es poder ver una cosa que todavía no la cantaste o no la tocaste, pero la viste. Y ejecutás otra y tenés esa en algún lugar, y las vas teniendo como layers de la memoria, la vas viendo”.

¿Qué está sucediendo? ¿Qué estamos esperando? ¿Por qué el tiempo no pasa? (¡si pasa!) pregunta la letra de la canción “16 bits forever”. Bebe el vino y mira a tu alrededor, y deja que el mundo sea el mundo responde “Oro puro”, fiel al espíritu nómade del disco.

Para recobrar el encantamiento del recital, y escribir esta crónica, sigo con Dargelos. Yo no sé si los Cazadores Recolectores lo escuchan, pero de algún modo conversan, y él responde: “A mí me gusta especular que cuando éramos tribus nómades, recolectoras, cazadoras, le teníamos miedo a la noche porque nada nos protegía de la indefensión del sueño. El descanso era complejo y era tortuoso. ¿Quién puede entrar al sueño cuando solo cuenta con la protección de la copa de un árbol? Entonces entrábamos al sueño cantando… nos sentábamos alrededor de una fogata y cantábamos. El chamán conducía ese canto catártico, liberador del miedo, que hacía que fuera más fácil dormir”.

Dejo el link al video, para seguir la fantasía, el sueño, el deambular, mientras el tiempo pasa y esperamos el próximo recital.

El videoclip contó con el estímulo del Plan Fomento Anual 2021 del Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe.
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