Crónicas

La paleta del monte

“¿Cómo puedo hacer yo misma tintas naturales a partir de plantas?”: siguiendo el rastro de esa pregunta, la artista santafesina Valeria Marioni empezó a experimentar con la elaboración de tintas botánicas para dibujo. En esta nota, algunas de sus observaciones sobre el proceso.
Texto y fotos: Valeria Marioni

“Vos no usás lápices, usás tronquitos”. Cuando cursaba el primer año de la carrera de Artes Visuales en la Mantovani –la misma escuela donde hice la secundaria–, una profesora que aprecio mucho me dijo eso, refiriéndose al lápiz 4b con la punta “mocha”, gruesa, redonda, que yo estaba usando. “Sacarle punta al lápiz” para lograr un trazo más definido, no era lo mío. Creo que su comentario marcó en mí la conciencia de querer continuar en ese camino.

Desde que tengo registro, dibujo y mezclo tintas en casa. Combino materiales y el taller, a veces, se mezcla con la cocina. El hacer artístico se integra al cotidiano, a los espacios del hogar y a lo que me rodea. Desde hace unos años me rodea el monte, y confirmo mi atracción por lo austero, lo sencillo, los materiales rudimentarios, básicos. Me da mucho placer arrastrar por la hoja una carbonilla que desprende polvo y me “ensucia” el dedo. Que fue hecha con una rama de sauce que cayó con el último ventarrón.

¿De dónde vienen los materiales de arte? En esa búsqueda por la austeridad de materiales y la necesidad, también, de abastecerme de ellos, aparece esa pregunta. Nombres de empresas europeas como referentes de los “buenos materiales”: ¿por qué? Por qué un color, un pigmento, tiene que ser fabricado tan masivamente, tan industrialmente y tan lejos; utilizar tanta energía en su distribución, cumplir con cuántos estándares para llegar a mi taller a transformarse en dibujo.

Entonces me pongo a investigar en cómo es que se hacen las tintas. Observo a mi alrededor: tantos colores en la cocina, en el monte, en los costados de las cunetas, en los terrenos baldíos… los colores también salen de acá, de lo que está vivo y muy cerca mío.

¿Cómo puedo hacer yo misma tintas naturales a partir de plantas?

Empiezo a experimentar, a probar, primero con los “desechos” orgánicos de la cocina, como la cáscara de cebolla, el jugo de la remolacha, el carozo de la palta, la yerba usada. Luego, continúo observando las plantas nativas que crecen en la zona costera donde vivo. Investigo las formas de hacer tinta con sus hojas, sus flores, cortezas o frutos.

Entrado el 2020, en plena pandemia y con la necesidad de colectivizar un poquito estas prácticas hogareñas, empiezo a compartir la búsqueda de tintas con mi amiga y colega Andrea Ortman, con quien estábamos dando, en ese momento, un taller de Dibujo, Cerámica y Naturaleza en Rincón y Colastiné. En el taller compartíamos algunas de estas tintas, más para usarlas y comentar que las habíamos hecho artesanalmente, que para profundizar en su proceso de elaboración. Nosotras mismas estábamos aún explorando.

Cuando terminó ese ciclo de taller, seguimos conectadas con la elaboración de tintas, la búsqueda de plantas nativas y silvestres tintóreas. Decidimos presentarnos a las Becas Creación del Fondo Nacional de las Artes con el proyecto que dimos en llamar Paleta del Monte, investigación y elaboración de tintas naturales artesanales para dibujo y artes.

Quedamos seleccionadas. Afianzamos la cosa “laboratorio” y nos dimos una disciplina: ahora íbamos a registrar todo, fórmulas, combinaciones, pruebas y resultados. Empezamos a reunirnos periódicamente y también a llenarnos la memoria de los celulares mandándonos fotos y videos de lo que cada una iba experimentando, los asombros, hallazgos y desaciertos. Las ollas encendidas con algún color en proceso, los aromas, los mil frascos y frasquitos, el limón, el bicarbonato y las salidas de recolección, se hicieron parte de nuestro cotidiano, incluyendo a nuestras pequeñas hijas, que también disfrutan de las caminatas, recolectan “estas florcitas para el trabajo de mamá” y hacen sus propios “experimentos” en ollitas diminutas.

Observaciones sobre la fugacidad de las flores

Hacia el final del verano y el comienzo del otoño el monte se tiñe de amarillo con las varas de oro (Solidago sp.) y las yateí-caa –hierba de la abeja- (Achyrocline Satureoides) florecidas, luego comienza a abundar el amor seco (Bidens sp.) y la hierba mora (Solanum Nigrum) ofrenda sus frutitos azul violáceos. Caminamos atentas a lo que abunda; no a la planta más exótica o difícil de conseguir, sino a la que está ahí, disponible, ofreciéndose. La portulaca (Portulaca Pilosa), por ejemplo, nos venía llamando la atención con ese fucsia vibrante de sus flores.

Sin embargo, cada vez que salíamos a caminar veíamos sólo pequeños grupos de cuatro o cinco flores, y nos dolía pensar en cosecharlas, siendo tan poquitas. Tiempo después, ya entrado el verano, fuimos a la laguna y las portulacas formaban un prado fucsia, una ola, un colchón extendido a los costados del camino. Entendimos que ahora sí: se nos ofrecían, estaban disponibles.

Probamos dejándolas macerar, hicimos la decocción y la reducción necesaria para lograr la tinta. Salió una gama de rojos y rosas bellísimos… que resultaron bastante fugitivos. En la hoja de papel de pruebas el color quedó, permaneció en el tiempo; mas en el frasquito de la tinta, el rosa y el rojo desaparecieron días después. Se volvió un líquido pardo amarillento: ni rastros del rojo y el rosa intensos de sus primeros días.

Entonces aprendemos que hay colores que son tan sutiles y efímeros como lo son las flores, la expresión más potente y a la vez más frágil de todo el ciclo de una planta.

Con la vara de oro –florece en mil florcitas diminutas y juntas que forman como puntas de flecha erguidas, amarillas–, se logra una tinta amarilla-oro muy estable. No utilizamos sólo sus flores sino todo su cuerpo, menos la raíz, así también la planta continúa su ciclo. La recolección es más bien una poda, un peinar el jardín, o el monte. Comprendemos que las varitas, es decir las ramitas y las hojas, también contienen en su interior ese amarillo intenso que vemos en sus flores, por eso resulta más estable. Igual que el naranja que hay en el interior de las hojas y los tallos color verde del amor seco.

Encontramos un correlato entre los colores y la parte de la planta de la cual lo tomamos. El naranja, el amarillo, los pardos y, justamente, los colores “tierra”, son colores diurnos, estables, matéricos; colores que se afirman, se anclan en su medio. Están en la raíz, en el tallo, en la corteza, las hojas.

Por otra parte, los azules y violáceos, opuestos en el círculo cromático a naranjas y amarillos, son colores espirituales, profundos y cambiantes, que se volatilizan y desestabilizan con facilidad. Son colores más sutiles, pertenecen al mundo del aire y del agua, más difíciles de “hacer tierra”, de perdurar en una materia; los encontramos en flores y frutos frescos.

Hoy en día ya estamos en la etapa de cierre de este proyecto, con ganas de empezar a compartir talleres y de editar algún material escrito. A la par, la experimentación continúa y el estado de asombro es permanente. El aprendizaje es infinito.

Esta investigación sobre los colores del monte, lleva dentro otra búsqueda, que es la búsqueda por los orígenes y por el re-aprender a vincularnos profundamente con todo lo vivo, sintiéndonos parte de la gran madre, la gran casa. Indagar en qué momento de la historia operamos esa desconexión tan fuerte con algo tan básico como sentirnos parte de la tierra que habitamos. Creo que por eso hacemos tinta.

Valeria Marioni, Santa Fe, 1990. Actualmente vive en San José del Rincón. Es Profesora de Artes Visuales y lleva adelante talleres de expresión visual y autodescubrimiento para niñes y adultes. Hacedora de Arazatí taller del bosque, un espacio actualmente en bio-construcción, para la investigación de artes visuales en vínculo con la naturaleza. Autoedita publicaciones artesanales de poesía y dibujo. Es co-creadora del proyecto Paleta del monte.