Crónicas

La cárcel es una mentira

Dibujo: Víctor Payes.

Por Federico Ternavasio*

Una Tebas de encierro

Desde hace algunos años participo en talleres y actividades educativas en la cárcel de Las Flores. Junto a otrxs compañerxs formamos un Colectivo activista que intenta hacer algo en ese contexto. La formulita que usamos cada vez que tenemos que presentar un proyecto es que intentamos “mitigar los efectos que produce el encierro”. Esos efectos son muchos, pero podríamos decir que principalmente la cárcel produce dolor. 

Ese dolor no es un efecto colateral, la cárcel se propone producir dolor. Su lógica es, después de todo, la lógica del castigo.

Cada vez que tengo que escribir sobre la cárcel, me sale escribir lo mismo: el camino hacia el penal. Y una vez adentro del penal, el camino hasta el espacio donde ocurre el taller. ¿Qué pasa en ese camino, en el ingreso al penal, que es eso lo primero que se me viene a la mente cuando quiero hablar de la cárcel?

Antes vivía en Santa Fe y el recorrido tomaba su tiempo, pero ahora que vivo en Arroyo Leyes la travesía es más extensa todavía. En general quedamos con Martín, con quien últimamente trabajamos en equipo como talleristas, en que lo busco a la altura de Rincón por la ruta. Vamos conversando sobre esto o aquello. 

En el camino podemos ver: la ruta abarrotada de autos o bien la ruta desierta; negocios, vendedores y vendedoras; gente que sale a caminar, a trotar, a andar en bici. Podemos ver alguna columna de humo, producto de los incendios en la costa. Vemos los colectivos amarillos, los colectivos rojos. El supermercado que hace poco tenía nombre en inglés y ahora tiene nombre en castellano. Las torres de barrio El Pozo. La ciudad Universitaria, desierta o repleta de autos, según la época. La costanera vacía, Boulevard lleno de gente. Después las avenidas. Aristóbulo, Facundo o Peñaloza hasta Gorriti. Y por Gorriti hasta Blas Parera. En todas las avenidas hay comercios, gente que se ríe, se putea, anda apurada o está esperando.

Llegamos y algo cambia. Estamos ante la cárcel y el tiempo se distorsiona. Las cosas ahora son de hierro y cemento. Paredes mal pintadas. Patios secos, sin pasto.

¿Qué es ese efecto extraño que produce el ingreso para quienes tenemos el raro privilegio de entrar (y salir) sin ser policías, sin ser empleados del penal y sin ser presos? 

¿Será que nos impacta el contraste con la ciudad que acabamos de recorrer?¿Será el contraste con toda esa cotidianidad urbana que observamos moviéndose en torno nuestro desde arriba del auto? Veníamos cruzándonos con vidas que circulan libremente y de repente estamos ante un aparato estatal que se encarga de mantener a personas atrapadas. Atrapadas por motivos que son diversos. Lo que se dice, es que allí se aloja gente que ha cometido delitos.

El rostro edilicio de la cárcel de Las Flores está cambiando. Su portón azul de ingreso está cada vez más oculto por todo lo que ocurre delante suyo. Se están construyendo nuevos pabellones y oficinas administrativas en la Unidad Penal N.º 2 de “Las Flores”.

Hace poco circuló una noticia donde el director general del Régimen Correccional de la provincia afirma que ya no hay lugar para alojar detenidos. La capacidad con la que se cuenta es para 5894, y en la actualidad se encuentran presas 7573 personas. Entonces se construye más cárcel. ¿Es verdad que esa es la respuesta?

Cada semana nos vuelve a sorprender la velocidad con la que avanza la obra. Cada semana vemos cómo se materializa ese artefacto de castigo que es una cárcel. 

Vemos brotar el encierro de adentro hacia afuera. Primero pilares y bloques de cemento que serán el piso de dos o tres plantas. Después lo que serán las paredes internas, con sus respectivos agujeros, futuras pequeñas ventanas a través de las cuales extrañar el cielo y el sol. 

Aparecen los hierros de las rejas. Se levantan los bloques que le dan forma a los pasillos entre celdas. Hasta llegar a la aparición de la pared exterior que oculta todo, que en un solo movimiento le termina de dar forma a la cárcel y a la vez termina de invisibilizarla, poniendo en la sombra todo lo que existe dentro suyo.

¿Qué pensarán los trabajadores que están construyendo la cárcel? Bertolt Brecht en un poema suyo se preguntaba “quién construyó Tebas la de las siete puertas”. “En los libros aparecen los nombres de los reyes”, dice, pero “¿arrastraron los reyes los bloques de piedra?”.  Acá la pregunta es también quiénes habitarán esta Tebas demasiado fría en invierno, demasiado sofocante en el verano, oscura todo el año.

El asesinato de un preso

Diario Santa Fe, 18 de Junio de 1923. El titular dice “Sangriento tiroteo”, el subtítulo “Choque de la policía y los obreros”.

El local de los comunistas de 25 de Mayo y Suipacha se hallaba repleto. Los convocaba la muerte de un preso anarquista en una cárcel de Buenos Aires. Hubo diversos oradores y se entonaron himnos revolucionarios. En un momento los obreros y militantes salieron a cortar la calle en manifestación de protesta. Los “empleados de policía” intervinieron para disolver la muchedumbre, que no tenía el permiso correspondiente para el acto.

Eran más de cuatrocientos manifestantes, a las diez menos cuarto de la noche. Empezaron a gritarle a la policía y a cantar marchas revolucionarias. “No podemos decir ni informar quiénes fueron los autores de los primeros disparos”, dicen desde el diario Santa Fe

Se desató un tiroteo. La policía dijo que fueron los obreros desde la Biblioteca Zola y desde el local comunista, y que por toda respuesta ofrecieron tiros al aire, para evitar mayores víctimas.

Una parte de la manifestación se desbandó, otra se refugió en el local comunista. Un tal Juan Fontané de 30 años resultó herido de un balazo en el muslo derecho. José Fontana es el otro obrero herido. ¿Habrán sido sus nombres verdaderos? 

Hubo once detenciones. El testimonio de un obrero dice que fue la policía la que inició la balacera. 

En los días siguientes el mismo diario va a informar la clausura temporal de los locales de la Federación Obrera y de la Biblioteca Emilio Zola.

Por el preso asesinado en Buenos Aires también los obreros ladrilleros se declaran en huelga. Seiscientos obreros de los ferrocarriles del Estado, sección Tafí Viejo, abandonan el trabajo por 24 horas. Las secciones de Laguna Paiva, Central Argentino y Ferrocarril Santa Fe no hacen paro, sin embargo, aseguran que entre sus trabajadores “reina malestar”.

Por el asesinato del preso hubo también huelga de panaderos. “Ha escaseado ayer el pan en la ciudad”. La huelga se dejó sentir, a pesar de los pronósticos contrarios. Hubo paro de mozos de café. Hubo huelga también en el puerto. 

Muertes invisibles

Hace un tiempo vengo investigando sobre la historia del anarquismo en nuestra región. Cuando leo la noticia del diario Santa Fe sobre la huelga por el prisionero asesinado pienso en algo que me comentaron hace no mucho algunos compañeros alojados en el Penal.

Alguien contó que el día anterior murió un preso. “Apendicitis”, agrega otro. Lo tuvieron a las vueltas hasta que se lo llevaron para operarlo. Pero cuando volvió se descompuso y murió.

La realidad en torno a la cárcel se distorsiona. Parece que los presos están vivos y mueren en un mundo paralelo, invisibles. O visibles sólo para sus visitas, para sus familias y amistades. Ahora mismo escribo sobre un muerto de quien no conozco el nombre. Podría ser él o cualquier otro. 

Una persona murió en la cárcel y no pasó nada. ¿Se habrá enterado su familia?¿Qué habrán pensado?

No lo recuerdo con exactitud, pero estoy seguro que ese día habremos ido al penal y habremos visto lo que vemos siempre. La ruta habrá estado tranquila, los comercios abrieron sin huelgas. No hubo manifestaciones, al menos no por un muerto en la cárcel. Las avenidas habrán estado llenas de gente yendo y viniendo. 

¿Por suerte? tampoco hubo tiroteos con la policía.

Un anarquista alemán

En las memorias de Diego Abad de Santillán – seudónimo de Sinesio Baudilio García Fernández, anarquista nacido en España que tuvo un paso importante por Santa Fe – me encuentro con un personaje muy interesante. 

Es un amigo que Abad de Santillán se hizo en un conventillo, viviendo en Buenos Aires. Un inmigrante alemán, seguidor de las ideas de Lev Tolstói. Este alemán escapó de Europa en los albores de la primera guerra mundial como objetor de conciencia. 

Después de un paso de película por EEUU, donde fue minero, donde fue apresado y escapó saltando de un tren en movimiento, el tolstoiano vino a parar a Buenos Aires. 

Trabajaba para el Sindicato de lavadores de autos. “No fumaba, no bebía y se alimentaba de frutas”. Hablaba mal el castellano, pero con ayuda de otro compañero traducían para La Protesta artículos de la prensa anarquista alemana.

Cuenta Abad de Santillán que un día, al volver al conventillo, lo encontró leyendo el diario y llorando. Estaba leyendo las noticias que llegaban sobre la represión a huelguistas en el sur argentino. No se sabe cuántos fueron los asesinados en ese episodio, pero las estimaciones van de trescientos a mil quinientos. 

El alemán se llamaba Kurt Wilckens. En enero del 1923 asesinaría al coronel Varela, responsable de las matanzas de los obreros patagónicos. Wilckens le arrojó una bomba y le dio cuatro tiros, el mismo número de balazos con el que Varela ordenaba matar. El alemán no pudo escapar de la escena del crimen. Quedó herido al cubrir a una niña que se cruzó entre él y Varela.

Wilckens era pacifista. Según afirmó en una carta citada por Osvaldo Bayer en su Patagonia Rebelde, para él Varela no era “el insignificante oficial”, sino que “era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero”. ¿Se arrepintió de su acción vindicadora? “La venganza es indigna de un anarquista”, afirmó. “Nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencias”.

Contar la cárcel

Cada vez que tengo que escribir algo sobre la cárcel lo primero que me sale es el relato del camino. Llegar hasta el Penal genera algo raro. No sé bien qué es. 

¿Qué otro relato puedo contar sobre la cárcel? Puedo ofrecer algunos datos oficiales de 2019 que me compartieron. El 43% de los presos está procesado, no condenado. El 95% de los presos no tuvo reducción de pena. Al 77% no se le otorgaron salidas transitorias. El 65 % está por primera vez en la cárcel. El 50% tiene condenas que significan más de tres años de cárcel. De los 7640 presos que había en 2019, 2423 eran por robo, 1519 por homicidio doloso, 943 por abuso sexual o violación, el resto por delitos que van desde lesiones dolosas hasta delitos contra la administración pública.

Según los mismos datos sólo el 2,8% no recibió asistencia médica, es decir, 169 personas. ¿Será verdad? Al menos en este informe, no hay datos sobre los muertos. 

¿Pero qué puedo decir yo sobre la cárcel? En realidad es muy poco lo que conozco. Soy como mucho un visitante eventual.

Puedo decir que la existencia de la cárcel muchas veces resulta intolerable. Cuando uno tiene el raro privilegio de entrar sin ser ni preso ni policía, de conversar y establecer vínculos con quienes sufren el encierro, cuesta salir y sentir que el sistema funciona. Frecuentar ese lugar, esa idea de castigo materializada en un edificio, ese supuesto producto del accionar de la justicia, empieza a resquebrajar la confianza en los engranajes del mundo (si es que alguna vez se la tuvo).

Sé que hay una pregunta flotando en el aire cada vez que uno habla de la cárcel, y es la pregunta por las víctimas de quienes están encarceladxs. Sí, efectivamente, hay que hacer algo para dar respuesta a las víctimas, eso no se discute. Lo que se discute es si la respuesta es el castigo. 

Para quienes han escuchado la voz de los presos es claro que la cárcel es un gran engaño. La cárcel, tal y como se la presenta, es una mentira. Y sin embargo existe eso que es una cárcel. Existen quienes la sufren. 

¿Es esa la causa de ese sentimiento de distorsión que sentimos frente a ella?¿Es el sentimiento de entrar caminando a una mentira, de vincularse con gente que verdaderamente sufre esa mentira hecha sistema?¿Es la sensación agotadora de caminar por los pasillos húmedos de una mentira y no poder hacer nada por terminarla, por desmentirla?

Hace un tiempo fuimos varias personas del Colectivo a realizar una actividad en el Penal. Después de una larga jornada, cuando nos íbamos, un compañero dijo que se sentía aliviado de poder salir. Una compañera dijo que se iba con mucho pesar. Cuesta salir liviano teniendo conciencia de todos los que se quedan adentro. Teniendo conciencia de que a ese sistema injusto, por una obra de malicia lingüística, se le llama Justicia.

El día después de la revolución

El 17 de junio de 1923 hubo manifestación de anarquistas y comunistas en la noche santafesina. Hubo un tiroteo con la policía. Los ánimos estaban exaltados: habían matado en una cárcel de Buenos Aires a Kurt Wilckens.

La policía dejó entrar a la cárcel a un miembro de la infame Liga Patriótica. El tal Pérez Millán Témperley, pariente de Varela, entró armado con un fusil y mató a tiros a Wilckens.

El ideario de los anarquistas es disperso y tiene varias derivas. Los tolstoianos eran anticarcelarios. Tolstoi escribió la novela Resurrección para mostrar las miserias de la cárcel y sus contradicciones.

Wilcknes pasó a la historia como uno de los “anarquistas vindicadores”, algo que quizás no sería de su agrado.

Alguien murió de apendicitis en la cárcel de Las Flores. No sé su nombre, tampoco era alguien que haya conocido. Me llegó su noticia en las palabras de otros presos.

Alguien murió en la cárcel, pero no hubo huelgas, no hubo manifestaciones. Asumo que no era un anarquista ni un comunista. ¿Habrá sido partidario de algún color político?¿Les hubiera importado eso a sus compañeros de ideas? 

La ciudad no escuchó protestas por su muerte. No hubo consecuencias. Wilckens estaría decepcionado.

Yo no soy nadie para hablar de la cárcel. Me pregunto nomás si será verdad que no hay otra forma.

Pienso en los anarquistas. En los manifestantes que estaban en pleno centro santafesino a los tiros, listos para hacer la revolución por la muerte de Wilckens. En el mismo Wilckens, sus convicciones pacifistas dinamitadas por la masacre que el Estado llevó adelante contra los trabajadores de la Patagonia. El presidente era Hipólito Yrigoyen, su mano armada, Varela. Ellos pudieron matar sin consecuencias. Para ellos sí se reserva el derecho de sopesar sus acciones con distintos matices, para ellos sí se piensan alternativas a la cárcel.

Los manifestantes de Santa Fe en 1923 entonaban cantos revolucionarios. Todavía se escuchan sus ecos en las voces de los grupos y movimientos sociales que hoy resisten, que luchan y hacen el mundo nuevo en los recovecos del actual.

¿Todavía soñamos con una revolución? Los anarquistas de aquella época parecían tener la certeza de que la revolución que garantizaría esa sociedad sin Estado, ni mercado, ni capitalismo, ni policía, era una revolución no sólo posible, sino que inminente. Quizás ahora a uno le resulte algo difícil tener esa confianza en la inminencia de una revolución comunista anárquica.

Pero en todo caso, el día después de que ocurra la revolución ¿seguirá habiendo asesinatos? La naturaleza humana es bastante intrincada. Hasta Wilckens, el pacifista, terminó matando, más allá de que podamos simpatizar con sus razones. 

Lo que sí sé, es que el día después de la revolución, si a partir de ella el mundo va a ser un lugar donde la vida tenga otro sentido, un sentido mejor, será un día en el que ya no habrá cárceles.

* Licenciado en Letras. Becario doctoral en IHuCSo (Conicet – UNL). Investiga sobre lenguaje y política en la historia del anarquismo argentino. Es activista del software y la cultura libres.

Víctor Payes, el autor de la ilustración que encabeza esta crónica, es artista plástico y escritor. Actualmente, se encuentra alojado en la Unidad Penal N° 2 de Las Flores. Convocamos a colaborar con la donación de materiales de dibujo y pintura artística, para que pueda continuar desarrollando su obra.
Quienes deseen colaborar, pueden comunicarse por correo a ffternavasio@riseup.net.