Efemérides

La frontera más sensible

La Tragedia de Cromañón fue uno de los episodios más desgarradores de la historia argentina reciente, y cuenta con un montón de aristas para analizar, desde las responsabilidades inmediatas hasta las profundas huellas que dejó en el arte y la política. En esta nota, ponemos el foco en algunas cuestiones históricamente impresas en nuestra cultura, que saltaron a la vista luego de la Tragedia y que, aún hoy, siguen sirviendo para pensar las fronteras de clase que nos atraviesan como sociedad.

Por Octavio Gallo


Hoy se cumplen 17 años de la Tragedia de Cromañón, un hecho que condensa y cristaliza una serie de elementos sociales, culturales, políticos y de clase que, en un país como Argentina, naturalmente, son también una tragedia.

En el recuento de las responsabilidades, algo sobre lo que se ha escrito mucho, y en lo que no voy a ahondar demasiado, parece haber una moneda de tres caras. De un lado, la gente y la banda; es decir, el rock, ese rock “chabón” en el que, transcurridos ya más de 25 años del surgimiento del punk, no había fronteras entre los músicos y el público. Del otro, Omar Chabán; ambos bandos acusándose mutuamente. En tercer lugar, y acusado por todos, el Estado.

Chabán había iniciado su carrera empresarial en 1984 abriendo el Café Einstein. La apertura democrática y el post-Malvinas propiciaban una renovación en el ámbito artístico. Bandas Sumo, Soda Stereo y Los Twist se iniciaron en ese local, acompañados siempre por performances teatrales de las que el mismo Chabán participaba. Los protagonistas del Café Einstein habían nacido en barrios acomodados, venían de escuelas de bellas artes o conservatorios de música y buscaban expandir las fronteras del arte a través de obras performáticas, interdisciplinarias y transgresoras; en otras palabras, eran chetos.

En 1985 Chabán abrió Cemento, que al principio era una discoteca, pero luego empezó a albergar recitales, y con el tiempo se convirtió en un lugar mítico para la historia del rock nacional. Cemento no era el Café Einstein, aunque compartían un elemento: la ausencia de fronteras entre los artistas y el público. Pero tanto los artistas como el público empezaban a ser diferentes. Hiperinflación y menemismo mediante, la posta la iban tomando los jóvenes pauperizados del conurbano, que protagonizaron el nacimiento del denominado “rock chabón”.

Los “padres” de esta generación fueron dos. Primero, Los Redondos, que habían arrancado en el circuito underground y teatral de principios de los 80, y que con el tiempo se convirtieron en un faro de todas las bandas de rock barrial y de todos los pibes que, de alguna manera, “futbolizaron” la escena del rock; lugar que, aun hoy, siguen ocupando. El segundo padre de toda esta movida fue el propio Chabán. Paradójicamente, ambos “padres” eran chetos, o venían de ahí.

El de Chabán fue un caso extraño, prácticamente irrepetible, porque se constituyó en una especie de padre, abriéndole camino a toda una forma nueva de sentir y entender el rock, siendo, en realidad, un empresario. Pero para el público de Cemento, Chabán no era un empresario. Era “uno más”. Negociaba con los que no podían pagar el precio de la entrada, aguantaba a las bandas aun si generaban pérdidas y hasta cuidaba a la gente de la policía.

“Para el público de Cemento, Chabán no era un empresario. Era uno más”

Pero Chabán sabía que no era “uno más”, y dibujaba una línea clara entre él y el rock chabón. Hablaba de “yo” y de “ellos”. “Ellos” eran “la negrada”, aunque fueran, según sus propias palabras, los reyes de Cemento.

“Chabán dibujaba una línea clara entre él y el rock chabón. Hablaba de “yo” y de “ellos”. “Ellos” eran “la negrada”, aunque fueran, según sus propias palabras, los reyes de Cemento

Cemento terminó quedando chico, y en 2004 Chabán abrió Cromañón, un lugar más grande pero cuya ética replicaba la de Cemento: precariedad edilicia, suciedad, reviente, agite. Para ese entonces, ese rock que había nacido de las cenizas de aquellas extrañas performances del Café Epstein, cuando la juventud todavía creía en la democracia y no sabía lo que significaba la palabra “neoliberal”, ya era una pasión de multitudes.

El Estado seguía estando afuera, situación que dejaba a todos satisfechos: al público, por la ausencia de restricciones; a Chabán y al Estado, por aumentar el margen de ganancia, por las coimas y la sobreventa de entradas. Entonces sucedió la tragedia. Una bengala y 194 muertes. El Estado recogió el guante: suspensión y clausura de una infinidad de locales culturales y juicio político a Ibarra. Efecto mariposa: el macrismo gobernando al país. Las tragedias provocan un estallido de solidaridad general, pero el día después suelen producir un recrudecimiento de las fronteras. En este caso, de las fronteras de clase, que recuperaron su claridad.

De un lado, “los pibes”, las víctimas, la gente. De ese lado se situó Callejeros, denunciando la censura de un Estado que no sólo pretendía juzgarlos, sino que, además, no los dejaba tocar.  

“De un lado, “los pibes”, las víctimas, la gente. De ese lado se situó Callejeros, denunciando la censura de un Estado que no sólo pretendía juzgarlos, sino que, además, no los dejaba tocar”  

Del otro lado, por supuesto, Chabán, que siguió jugando a ningunear a la banda y a su público, a ese mismo público que antes mimaba, a ese mismo público que le daba de comer. Tanto Fontanet como Chabán construyen en su relato la idea de que podrían haber sido héroes, algo que habla más de su ego que de otra cosa.

“Del otro lado, por supuesto, Chabán, que siguió jugando a ningunear a la banda y a su público, a ese mismo público que antes mimaba, a ese mismo público que le daba de comer

Pero Chabán no estuvo solo en su cruzada contra el rock. Junto a él, aunque obviamente sin nombrarlo, se posicionó un sector de la cultura que, con el diario del lunes, tomó una postura muy mala leche: culpar a las víctimas, y acusar más al público, que todavía estaba llorando a sus muertos, que al Estado o a los empresarios, dejando de lado el hecho de que esos mismos pibes habían entrado una y otra vez a seguir sacando gente del fuego, poniendo en riesgo su propia vida. Sergio Marchi, reconocido periodista de rock, escribía años más tarde: “¿Quién va a meter presos a todos esos pendejos que se maman y van a causar kilombo porque es lo que les gusta? No nos hagamos más los estúpidos en nombre de la corrección política: la culpa la tiene el público. Y en realidad, una porción, que no es tan ínfima como nos quieren hacer creer”. El principal elemento que subyace detrás de esta postura es la cuestión de clase, que antes permanecía oculta, pero que ahora emergía a la luz. Los negros se habían apropiado del rock, lo habían llenado de banderas y bengalas, lo habían vuelto mundano. No solo no entendían el rock: no entendían la Argentina, no entendían la enorme fractura social que había provocado el menemismo, esa que tan maravillosamente resumía Viejas Locas en “Homero”.

Imágenes del velorio de Omar Chabán. “Diecisiete años después, las fronteras de clase siguen siendo las mismas: igual de profundas, igual de invisibles.

Entre todo el barullo, quizá la declaración más sensata fue la del Indio Solari, uno de los padres de la criatura, que no renegó de aquel fenómeno que había contribuido a engendrar y dijo: “Cromañon fue una granada que los músicos nos fuimos pasando de mano en mano y que le explotó a Callejeros”.

Cromañón marcó un antes y un después en el rock nacional, que ya no pudo volver a ser contestatario y masivo a la vez. Diecisiete años después, la música que escuchan los jóvenes es otra, el Estado ahora impone restricciones de índole sanitaria, y los petardos ya no se admiten ni siquiera en lugares abiertos. Pero las fronteras de clase siguen siendo las mismas: igual de profundas, igual de invisibles.