Reseñas

Los muchachos de antes no usaban lubricante

Por Leandro Wolkovicz

Hace unos días estuve en Buenos Aires, mi primer viaje más o menos largo desde el comienzo del fin del mundo. Un poco aturdido por la falta de costumbre, participé de la Marcha del Orgullo, la número 30, y la más multitudinaria de la historia del país. 800.000 personas, dicen algunes.

¡Me crucé con Cumbio! Con Nazarena Vélez, con Vanessa Show. También, con Aldo. En realidad, no averigüé su nombre, pero me pareció que tenía cara de Aldo. Llevaba puesta boina, camisa, muy elegante, tal vez demasiado para la ocasión. Aldo era un muchacho de antes. De modales delicados, estaba solo en una mesa de la fonda del barrio donde fuimos a almorzar al otro día con unas amigas.

Aldo hablaba con dos señores mayores, que parecía no conocer de antes, y que estaban sentados en otra mesa. Ambos, de peinados raros: uno, frondosos rulos; el otro, lacísimo flequillo. No cabía la menor duda: estábamos ante unos “últimos homosexuales”.

“Los últimos homosexuales” fue publicado por primera vez en 2011, y desde entonces se convirtió en un verdadero clásico de la sociología LGBT. No sólo es cita obligada para las personas que quieran estudiar la diversidad sexual en Argentina, sino que también se volvió una referencia, un latiguillo, un arquetipo en el habla gay vernácula. Una forma más amable para referirse a los ya consabidos (y no muy afamados) “viejos putos”.

En palabras del propio autor, Ernesto Meccia (Mecha, para les amigues), la expresión “últimos homosexuales” ha quedado vinculada permanentemente a su propio nombre, y se ha convertido en un símbolo de la experiencia de los adultos mayores gays o putos o maricones, que se criaron como tales en un contexto altamente represivo; pero que atravesaron después los vertiginosos cambios sociales y políticos de la cada vez cada vez más legitimada vida gay, que en nuestro país tuvieron lugar alrededor de la primera década del siglo XXI.

En “Los últimos homosexuales”, pensando sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, Meccia postula la existencia de tres períodos sociológicos en torno a la homosexualidad: el período homosexual, el pre-gay y el gay. El devenir de las tres etapas narra “el tránsito de la homosexualidad a la gaycidad”, o también “el camino de las catacumbas al ágora”.

Hablar del período homosexual es hablar de una época en que la sexualidad se vivía de modo clandestino, fugaz, intenso, sí, pero también profundamente represivo. Baños de estaciones de trenes, plazas, esquinas oscuras, espacios marginales que se configuraban como los únicos en que los homosexuales se podían encontrar a darse placer, situándose a la vez en medio del espacio público, e invisibles ante la mirada de los demás. Invisibilidad que era requisito ineludible: ser “descubierto” como homosexual equivalía en muchos casos a la pérdida del trabajo, de un contrato de alquiler, y hasta de vínculos familiares y afectivos. Esta situación se extendió durante buena parte del siglo XX en nuestro país.

Foto de Sebastián Freire

Conocí a Mecha a mediados del 2013, cuando cursé su materia sobre Investigación Social. Ya lo conocía de nombre, porque unos años antes había estado en la facultad presentando la primera edición de este libro, “Los últimos homosexuales”, la clase de título que queda resonando en la cabeza de un maricón del interior, recién salido de un armario de cristal (que era evidente para todo el mundo menos para mí). Gracias a su materia me acerqué por primera vez a libros como “El negocio del deseo”, de Néstor Perlongher; “La pampa y el chat” de Sigifredo Leal Guerrero, y “Locas, chongos y gays”, de Horacio Sívori. En esas investigaciones se mezclaban dos lenguajes que por entonces me rompían la cabeza, y que nunca había pensado que podían estar juntos. Por un lado, el lenguaje académico, minucioso, sofisticado, de las ciencias sociales, que sentía que me “cantaba la posta” sobre la historia, el poder y la sociedad, y me enseñaba a ver el mundo de otra manera. Por otro lado, el lenguaje desacatado, atrevido, desafiante, incorrecto de la homosexualidad, que le daba sentido a mi propia historia de niño y adolescente maricón, que me animaba a desarmar lo que la socialización heteronormada me había enseñado y a reconciliarme con esos aspectos míos (la mariconería, bah) de los que siempre había aprendido a avergonzarme.

Los “estudios gays” me impactaron en un momento en que hacía poco que me había reconciliado con mi propia gaycidad. Al principio, como profesor, Mecha era bastante serio, pero cuando, algunos meses de conocerlo, lo llamé para pedirle que fuera mi director, la conversación terminó llevando hacia la historia del chongo que se había levantado en el sauna el domingo anterior, y supe que íbamos a terminar siendo amigos. Fue a partir de ese encuentro, de esa amistad, que decidí que el cruce entre investigación y la homosexualidad iban a formar parte de mi vida.

A mediados de los 80, desde la vuelta a la democracia emerge lo que Meccia llama el “período pre-gay”, cuando los homosexuales, sobre todo a partir del surgimiento de las organizaciones de gays y lesbianas, empiezan a producir su propio discurso. Si antes “eran hablados” solamente por el lenguaje de la heteronorma, el discurso de la discriminación por orientación sexual fue la primera herramienta que encontraron para hablar por sí mismos. Frente a una disminución drástica de la persecución policial, los homosexuales empezaron a ocupar masivamente cierto sector del espacio urbano (paradigmáticamente, en la ciudad de Buenos Aires, la esquina de Pueyrredón y Santa Fe), y surgieron los primeros bares, boliches y espacios de encuentro “para” gays.

A mediados de los ’90 empieza a desarrollarse el llamado “período gay”. Con una fuerte resonancia en los medios de comunicación, los gays van conquistando cada vez más espacios de libertad, y la gaycidad alcanza niveles de reconocimiento social inéditos. Los bares, boliches y espacios culturales ahora se apuran en presentarse como “gay-friendly”: una vez que la industria del entretenimiento y el turismo comenzaron a explotar comercialmente el recién inaugurado “segmento gay”, esto incidió decisivamente en las formas de relacionarse al interior del colectivo. Mientras que a los baños de las estaciones entraba todo el mundo, en las fiestas, bares y saunas el precio de la entrada se transformaba en una barrera que establecía quién podía ingresar y quién no. Factores como la edad, el peso corporal y la expresión de género también se convirtieron en limitaciones para participar de ciertos espacios, emergentes de la creciente “segmentación” y mercantilización de la sociabilidad gay, fenómeno que se fue cristalizando a la par de la conquista paulatina de derechos y del reconocimiento social.

“Los últimos homosexuales” se precia de ser un libro del que se nota en qué año fue escrito, justamente por captar aunque sea un poco el espíritu de esa época. Nos cuenta sobre la homosexualidad y sus transformaciones, pero también, sobre envejecer en un mundo cada vez más juvenilista; sobre experimentar la disonancia entre unos cambios sociales que se presentan como positivos “sí o sí”, pero que se viven en parte como una pérdida; sobre la realidad de sentirse diferentes dentro de los diferentes.

En “Los últimos homosexuales” se narran situaciones de vida muchas veces dramáticas, y como tales aparecen signadas, también, por el dolor. Pero el dolor aparece sin la espectacularización del reality show o la instrumentalidad de las historias “inspiradoras”, sino con la crudeza, los ribetes, silencios y contradicciones que le son propias. Lejos de intentar presentar una realidad coherente, sin fisuras, y con un inequívoco sentido de lo que está bien y lo que está mal (en lo que algunas veces incurren algunos textos más filosóficos sobre sexualidad), el libro puntualiza muchas veces en los aspectos paradójicos de los relatos que narra. A veces las personas les tenemos miedo a los cambios, no logramos adaptarnos. A veces, en esos derroteros, se nos va la vida (no dejen de leer el capítulo “La carrera moral de Tommy”; uno de los más emotivos del libro). En buena hora que haya investigaciones que capten esos matices. Y eso constituye un compromiso ético, por parte del investigador, de ser lo más fiel posible a la historia que cuentan los personajes a quienes entrevista.

Todo estaba por hacerse

En los últimos años, los cambios políticos y sociales de la gaycidad se aceleraron hasta el punto en que quizás próximamente sea necesario hablar de un nuevo período. Fenómenos como el triunfo de casi toda la agenda legislativa LGBT+, el apogeo de las apps de levante, el crecimiento de una generación que se crió en un entorno donde circulaban discursos y representaciones mucho más favorables de la homosexualidad, y la popularización de nuevas instancias identitarias como la no binariedad, pintan un escenario muy diferente, desde lo político y lo social, al que se observaba en la década del 2000. Algo de este nuevo espíritu es captado en el último capítulo del libro, que se introduce en la segunda edición, en donde se entrevé la posibilidad de que los más jóvenes no conozcan la experiencia del armario, y que a su vez tampoco tengan tanto deseo o interés en identificarse como gays. Sienten que no lo necesitan.

Sin embargo, excepto quizás en grandes ciudades como Córdoba y Rosario, en el resto del país la democratización del período gay demoró varios años más en materializarse. Alrededor del 2010, aún después de que se aprobara el matrimonio igualitario, y quince años después de la comunidad gay comenzara a formar parte del paisaje cotidiano en ciudad de Buenos Aires (como se cuenta en el libro), ser maricón en Santa Fe todavía se sentía como un peligro y una aventura. No eran muchas las personas que vivían abiertamente su homosexualidad, al menos no muchas en comparación con lo que se vivía Buenos Aires, lo que llevaba a muchos maricones a migrar a la gran ciudad donde sí podían vivir libremente.

En Santa Fe, sentíamos que todo estaba por hacerse, y como militantes todavía podíamos proponernos ser los primeros en, por ejemplo, andar de la mano por la calle para hacer un poco de visibilidad “en esta ciudad de mierda”. Para mi mirada hasta entonces medio pacata de adolescente de clase media, descubrir la vida gay, la estética extravagante, la actitud irreverente, una visión mucho más liberada del sexo y el placer, fue un punto de quiebre, antes y un después en mi trayectoria biográfica.

A uno de mis primeros amigos gays, llamémoslo Martín, lo conocí militando en una organización LGBT. Le fascinaba una serie de aspectos de la movida gay que a mí siempre me parecieron resabios de la época homosexual. Encuentros anónimos en parques, plazas, rutas, participar de líneas telefónicas para conocer hombres, encontrarse después de chatear sin antes haberse visto la cara. Martín tenía, también, una enorme fascinación por los chongos. “Chongo”, palabra ochentosa reapropiada por la comunidad gay (con una etimología afro y un uso que algunos tildan de racista), designa al hombre que, cumpliendo con los atributos de la masculinidad socialmente aceptada, se vincula en secreto con otros varones (en general “locas”), sin por eso modificar su presentación pública como heterosexuales. Entre esas fantasías circulaban muchos de los imaginarios socio-sexuales de la época, instalados, al menos en registro humorístico, en la sociabilidad gay del antiguo régimen homosexual.

“Ya sabés lo que pienso: gay con gay es antinatural”, declara Mecha, tajante pero humorística, cada vez que nos juntamos a comer y a hablar de mariconadas. “A mí lo que me gustan son los chongos”. Evocaba así esa especie de mitología homosexual ancestral, según la cual para una “loca” (un varón visible o abiertamente homosexual, que encarnaba ciertas características de la femineidad) no hay nada mejor que un chongo. Por más que después la realidad fuera otra, y las locas se vincularan muchísimo entre ellas, esta narrativa ocuparía un lugar destacado en el folclore homosexual. Ya había hablado Perlongher del modelo “chongo con loca” de los sectores populares latinoamericanos, que contrastaba con el naciente modelo “gay con gay” igualitario y clasemediero, propio de los avances incipientes en el reconocimiento social y la dilución del secreto como requisito de todo intercambio erótico.

Mi amigo Martín era fanático de los chongos. Y tenía un afecto muy grande por los espacios de encuentro donde la clandestinidad todavía jugaba un rol importante en los intercambios sexuales. Pero sobre todo, era capaz de plantarse con su identidad frente a los demás, en todos los ámbitos por los que transitaba, sin importar las consecuencias, yendo a las piñas inclusive algunas veces (y ganando). Parece contradictorio, pero mi amigo era una mezcla perfecta entre un “último homosexual” y uno de los “primeros gays”.

Una vez estábamos con Martín en la Costanera Este santafesina, festejando un año nuevo en la playa. Cuando estaba por amanecer, mi amigo me insistió para que fuéramos alrededor de la zona de baños químicos para ver si “enganchaba algo”. Empezó un aparente intercambio de miradas furtivas con un transeúnte, conmigo como mudo espectador. Finalmente, las miradas no llegaron a nada, porque empezamos a ver como desde el Puente Colgante avanzaban, en manada, decenas de oficiales de la policía montada, con el firme propósito de vaciarla de festejantes residuales como nosotros.

“Dale, loca, ¡agarrá tus cosas y vamos que cayó la yuta!”.

Yo sé que por dentro se acordó de las locas históricas, del yire original y de los chongos legendarios. Y cuando llegamos a la calle, insospechadas y fuera de todo riesgo, me miró con una sonrisa en la cara y me dijo por lo bajo “Ay, maricón… ¡ni que fuéramos los últimos homosexuales!”.

Collage digital Rocío Fernández Doval

Edición Agustina Lescano