La Pacha en los rincones

Entre los desastres y atentados ambientales que están en marcha, la pérdida general de la biodiversidad y la enorme caída en las poblaciones de insectos suele ser un tema que parece excedernos como habitantes de las ciudades. ¿Somos capaces de observarla? ¿Podemos revertir, al menos en parte, este proceso –mientras exigimos políticas públicas que cuiden la salud ambiental y humana–? A través de la columna de ciencia ciudadana, Eduardo Beltrocco nos ofrece, en el día de la Pachamama, un viaje al verano en el patio de su casa. En los nombres científicos de cada especie hay un link de acceso al registro de observación, con fotos de cada una.

Texto y fotos de Eduardo Beltrocco

Foto de portada: Frotadora Plomiza (Strymon cestri) dejando huevos en su planta hospedera (Pfaffia glomerata)


“Un solo bicho vivo, bien observado en su ambiente natural,
enseña más biología que una caja de insectos”.

Juan Carlos Dávalos

El 1° de agosto, fundamentalmente, en la región andina pero también en varias localidades de nuestro país, se celebra el día de la Pachamama. Diosa creadora, madre de la tierra, de la fertilidad y fecundidad, de las cosechas: hay muchas definiciones. Por eso, en este culto milenario, se ofrendan diversos tipos de comidas y bebidas que se obtienen del suelo, de la tierra. Una olla de barro con la comida típica se entierra junto a hojas de coca, alcoholes, vino, cigarrillos, chicha; se acondiciona y limpia el sitio donde se dará el ritual; y luego, se baila y se canta, se piden deseos, se sahuma a las personas con los yuyos de la zona. En otros lugares, los yuyos como la ruda, se agregan al licor de la caña de azúcar. Esa es la tradicional bebida espirituosa que se toma, en ayunas, el primer día de agosto.

Desde mi lugar no puedo evitar relacionar a la Pachamama con el río, y a todas las bondades y bellezas del agua. Vivo en Santo Tomé, a tres cuadras del Salado, un río que nace justamente en la región andina, en las montañas de Salta, a casi 6.000 metros de altura. Recorre más de 2.200 kilómetros y termina su recorrido entre Santa Fe y Santo Tomé, a tan sólo 15 metros sobre el nivel del mar, en las Cuatro Bocas, para encauzarse en el Coronda que terminará por unirse al gran río Paraná. Pero volviendo a los homenajes, hoy quiero compartir partes de la Pacha que dan vida al espacio más importante de casa: el patio. El patio es un microcosmos del que, si uno quiere, puede aprender mucho. La naturaleza siempre está ahí, latente. Sólo es necesario mirarla (y atraerla, no repelerla).

Las mañanas en el patio

El sol entra por la única parte que dejó al descubierto la cortina, el párpado ya percibió el haz de luz y no queda otra que levantarse. Buenísimo, ¡porque no hay peor cosa que perder la mañana! Corren los primeros minutos, hago todo mecanizado; levantarme, cambiarme, ir al baño y calentar el agua. Van los primeros mates y subo las cortinas. Ahí está el primer pantallazo verde del día: donde antes corría un toldo de media sombra verde, hoy la sombra es de verde real, porque la campanilla conquistó cada centímetro de alambre y esparce un manto uniforme del que salen flores lilas destellantes.

Ya motivado, no queda otra que una mini recorrida matutina por el patio, antes de salir a hacer los mandados. Bajo la escalera y al abrir la puerta de la cocina que conecta al exterior, ingresan las fragancias mixtas de las plantas frescas, hay una suave brisa y se siente: estoy en patas y en remera y todavía no azotan los calores más fuertes. Las plantas también lo saben.

Entre las tonalidades verdes de distintos vegetales se asoman como diciendo mirame las flores y brácteas coloridas de la Santa Rita, la especie más longeva del jardín, que hace mucho puso la abuela y hoy debe rondar los 50 años. Aprovechando la vejez de su porte y madera, pájaros carpinteros como el Bataraz chico (Veniliornis mixtus) y el Carpinterito barrado (Picumnus cirratus) visitan sus ramas viejas, mientras enredaderas como la Zarzaparrilla colorada (Muehlenbeckia sagittifolia) se abraza al caño del toldo y comienza a trepar. Una vez sobre la copa de la Santa Rita, abre sus flores para los polinizadores y luego deja al descubierto sus pequeños frutos para el disfrute de
zorzales, calandrias, cardenales y chingolos.

Carpinterito barrado (Picumnus cirratus)

Sigo observando. Desde el suelo otras dos especies toman altura y se intercalan con la Santa Rita, una es la Margarita dorada (Aspilia silphiodes), vistosa especie del paisaje ribereño y de los humedales del litoral, que son atractivas para muchos tipos de insectos gracias a sus flores amarillas; además, sus hojas sirven de alimento para la mariposa Incienso (Tegosa orobia).

La otra especie, que ya está adquiriendo porte arbustivo es el Malvavisco (Abutilon grandifolium), una planta con hojas aterciopeladas al tacto y flores naranjas en forma de copa, perfecta para recibir buscadores de polen; por eso es buena idea tenerla en una huerta, aunque algo alejada ya que sus semillas caen cerca y se propaga fácilmente.

Margarita dorada (Aspilia silphiodes)

A la misma altura visual anda florecido el viejo Malvón de la abuela, de rojo intenso, junto con los pompones blanquecinos del Ñapindá (Senegalia bonariensis), primo del Aromito, que tiene las flores cargadas de polinizadores y múltiples yuntas acopladas del “escarabajo taxi” (Rutela lineola). Ambas plantas se escabullen entre las hendijas que dejan entrever las lianas de la Campanilla palmeada (Ipomoea cairica), la misma que formaba el manto verde dónde estaba el toldo.

Quien también aprovecha los espacios de luz para salir sobre ella es la Salvia (Salvia pallida), una bella nativa de nuestras costas, cuyas pequeñas flores blanquicelestes son la perdición de abejas y abejorros que, buscando libar néctar, la polinizan. Al mismo tiempo, las trompetas del Floripondio, míticas adquisidoras de poderes mágicos y las flores de la Campanilla blanca (Ipomoea alba) comienzan a cerrarse a medida que el sol sigue subiendo. Vale aclarar que la campanilla blanca, típica de zona de islas, es una excelente opción para utilizar en pérgolas o enrejados. Florece a partir de la caída del sol y podemos verla abrirse en cuestión de segundos; además, por la noche emana una exquisita fragancia, que además de ser apreciada por el olfato humano sirve para atraer a sus polinizadores íntimos: los esfíngidos (Sphingidae). De ellos, la visitante más habitual en el patio es la llamada Manduca rustica.

A media altura, las salvias reciben las lenguas libadoras de grupitos de picaflores, verdes y bronceados. La Odontonema –planta centroamericana de flores tubulares rojas y abundante néctar–, recelosa, los invita desde más arriba; y en el estrato bajo, el Canario rojo (Dicliptera squarrosa) también de pequeñas flores tubulares rojas, aporta a la dieta de los colibríes, mientras que las hojas serán alimento para la oruga de la mariposa Bataraza (Orthilia itra).

Entre otras herbáceas, la Santa Lucía (Commelina erecta), conocida por utilizarse como colirio, es visitada por un escarabajito asociado que se llama Neolema dorsalis. Al lado hay un Sangre de toro (Rivina humilis) siendo cosechado por hormigas carpinteras (Camponotus mus). Respecto a la última planta, basta con apretar uno de sus frutitos para develar el porqué de su nombre, además es de uso forrajero para aves, tiene usos medicinales, tintóreos y ceremoniales.

Ya voy por la mitad del termo y me cuelgo a ver las infinitas interacciones que suceden en el Mburucuyá (Passiflora caerulea). Esta magnífica enredadera es una de las más conocidas de nuestro país, no sólo por su fruto comestible, sino por la historia creada por los cristianos, a la cual llamaron “Flor de la Pasión”, pero más aún se destaca por ser un verdadero imán para los insectos y otros seres alados. Justamente, criadero de insectos sería uno de sus significados en guaraní.

Recién pasaron las 8 de la mañana y en las flores de la enredadera ya aparecieron sus polinizadores por excelencia, los mangangá o abejorros carpinteros (Xylocopa frontalis y Xylocopa augusti). También se acercan los abejorros negros (Bombus pauloensis) y múltiples insectos, como el naranjita del mburucuyá (Parchicola sp.), la chinche patas de hoja
(Anisoscelis marginellus), la chinche del mburucuyá (Holhymenia histrio) quien se asemeja a una avispa en su forma y movimientos, para que las aves no las coman. Aunque no siempre les funciona su truco de camuflaje. Aquí una calandria desayunando una chinche:

La pasionaria también aloja a escarabajos de la savia de la familia Nitidulidae que se encuentran dentro de la flor. Luego, quienes disfrutan mucho de saborear las hojas de la enredadera son: el escarabajo del mburucuyá, con preciosos colores (Cacoscelis nigripennis) y, sin dudas, su mayor especie asociada: la mariposa Espejitos (Agraulis vanillae), que deposita los huevos en la hojas de la planta para que, luego, la oruga se alimente de ellas. Una vez que las flores fueron polinizadas, ya crecido el fruto le servirá de alimento a las aves, como zorzales, benteveos, celestinos. Otros insectívoros vendrán a comer los bichos asociados a la planta y hasta las ratas podrán comer el fruto si les queda a mano. Es decir, teniendo sólo esta especie de planta, tendremos el placer de recibir toda esa fauna asociada, ¡en un solo jardín! Imaginémoslo replicado en cada espacio verde.

No es el fin de esta historia cotidiana, pero voy a dejar más magia e interacciones para una próxima edición.

Posdata

En el patio de mi casa habitan cerca de 190 especies de plantas, entre nativas y exóticas, con algunas que aparecen o desaparecen según la estación. En cuanto a la fauna, van registradas más de 730 formas de vida (a las pruebas me remito). No voy a mentir, pongo (y dejo) plantas para que sean comidas y utilizadas por otros seres vivos. No me sirve tener un patio sin interacciones, no podría aprender, no podría maravillarme, no tendría experiencia de nada, tampoco podría enseñar, ni podría dudar de mis acciones y conocimientos. Lo cierto es que ¡si algo no está comiendo tus plantas, tu jardín no es parte del ecosistema!

Durante muchos años se consideró que las plantas ideales para el jardín eran aquellas “resistentes a plagas”, eso podía significar plantas que no eran propias de la región, que suelen denominarse “plantas exóticas”, en muchas casos ya viverizadas, esas que conocemos como ornamentales. Otras ya son resistentes a ciertos plaguicidas, o bien, ni siquiera son elegidas por los insectos. Entendamos que las plantas nativas evolucionaron durante millones de años coexistiendo con cierto tipo de fauna. Si de un día para el otro ponemos una planta ajena a nuestra biodiversidad, los insectos podrían ignorarla completamente.

Pasaron las décadas y seguimos haciendo mal las cosas, por ignorancia, desconocimiento o desinterés. Hoy estamos frente a una enorme caída en las poblaciones de insectos, lo que sin dudas lleva a una pérdida general de la biodiversidad. No olvidemos que las redes tróficas, donde la energía pasa de un ser vivo a otro, son dinámicas y cambiantes, pero si quitamos y desarmamos tan abruptamente los puntos de esa red, queda un hilo sin consistencia que a la larga termina afectando de manera directa la salud y calidad de vida humana.

Por eso, hoy es tiempo de que cada uno, desde su lugar, aporte su granito de verde. Hay que proponer una nueva ética para los patios, jardines, balcones, terrazas y cualquier espacio posible: plazas, parques, bulevares, avenidas, instituciones públicas y privadas. Ya está en marcha hace tiempo un movimiento donde los jardines tienen el rol de atraer la vida silvestre en lugar de repelerla, para mantener la Pacha en nuestros rincones. Una estrategia válida y muy útil es lo que vengo narrando: utilizar plantas nativas de nuestros biomas/ecorregiones correspondientes, así no solo iremos rearmando pedacitos de nuestro paisaje originario, sino que podremos ir recuperando planta a planta, relación a relación, nuestra identidad cultural.

*Eduardo Beltrocco es naturalista, integrante de la agrupación ambiental Pay Zumé, del club de observadores de aves COA Celestino de Santo Tomé y de la Red de Jardines Silvestres de Santo Tomé. Escribe en la revista El piojito silbón. Divulga y promueve, a través de la ciencia ciudadana, la observación, identificación y registro de la biodiversidad en la región.