Infancia de agua

“El agua que nos gesta” es el primer libro de poemas de Pilar Cabré, publicado por Corteza. Sofía Storani y Martina Ramírez trabajaron en la edición y junto a Gonzalo Vega forman el equipo del sello. Desde 2014 y con base en Santo Tomé, la editorial publica poesía y narrativa con foco en la literatura contemporánea y novel, fuentes tipográficas libres y creative commons. Sus libros pueden comprarse en Del Otro Lado Libros (Santa Fe) y en Vaporeso (Paraná).

Pilar es Lic. en Geografía y forma parte, como facilitadora, del proyecto Qom Alphi, integrado por artesanas de los barrios Las Lomas y Santo Domingo de Santa Fe. En el su primera publicación como poeta, se presenta diciendo que empezó a nadar de chica, por recomendación médica. La natación te pide ganarle al tiempo en cantidad de piletas, una unidad de medida que puede quedar incorporada para calcular todo. En los mismos diez minutos que antes usaba para nadar setecientos metros, compara un poema, ahora se puede hacer una pausa en el patio, dedicarse diez minutos a la inmovilidad, a ver si se aguanta diez minutos de sol y si la tortuga logra esconderse bajo la sombra de las macetas. 

En el agua se van logrando marcas, desde cuánto aguantas las respiración hasta quién llega al andarivel primero y los objetivos que va poniendo la práctica. Marcas del crecimiento para alguien que nada desde chica, una niña que se siente cómoda en el agua. En el poema “Tostadas y arándanos” esa huella es la del café en la taza, que indica cuánto del trago amargo pudo aguantar la poeta antes de irse a otro parte:

ahora va a quedar
esa aureola marrón
que indica hasta dónde
fui capaz hoy.

Con una poeta tomando café podemos ir rápidamente a Laura Wittner, quien hizo de eso un libro, “La tomadora de café” (2005). Escribió, por ejemplo, que “sólo queda esperar, disimulando,/ como si la certidumbre de la lluvia/ no se volcara sobre nuestros actos/ renovando del todo su carácter”. Parece ser que el agua es siempre inevitable y reveladora. “Espejo sin fin las aguas de la noche”, dice un poema de Diana Bellessi. Pilar no se queda en su reflejo ni en una búsqueda de la infancia en el fondo del mar, que acá sería en realidad el río Salado. No romantiza, tiene los pies en el presente y dispone todos los elementos a flote, con el gesto cuidadoso de quien dice:

cuidamos la luz de los recuerdos
de cosas irreplicables

El poemario trae, sí, recuerdos de una infancia en calles de tierra, tías y siestas. También un presente de departamento inmaculado en una ciudad vecina pero otra, al fin y al cabo. Se habla de la siesta y el barrio y la oralidad santafesina se expande en algunos versos con “la Irene”; la abuela que habla, seguramente en voz baja, de unos conocidos que “tenían campos” y “la shegua” Cristina. 

Más allá de la musicalidad local, que la hay, en el libro hay un detenimiento en lo que se dice. Pasajes de diálogos que dan cuenta de que el tiempo pasa y todavía la conversación puede cultivarse como sostén familiar. Entre todo lo que sale a la superficie, aparece también la importancia de lo que se dice una a sí misma, y de entregarse al remolino de sostener una decisión:

Y se te va a pasar el día 
encapsulado en ese flashback
por el que decidiste
hacerte la independiente

Pilar tiene una memoria visual con zoom incorporado, por eso hay un poema titulado “La tarde”, otro “Verano” y otro “7 de la tarde en verano”. Su mirada a veces es de niña y mira cerca del suelo para hacer brillar “ojotas de tira de tela y anchas,/ con la marca resaltando/ en colores fluorescentes.”, entre otros tesoros. 

Aparecen boyas que les adultes ponen para que les niñes no pasen: la cortina de vapor de la olla hirviendo en la cocina, el calor húmedo de la siesta. Pero el agua siempre encuentra cómo avanzar, así como nuestra familia será siempre igual, y en este poemario hace que los recuerdos se reflejen entre sí. O regala maravillas como la del “juguito vaporoso burbujeando en la olla” y deja en evidencia movimientos que nutren y controlan, como una abuela “que cucharea todo lo que cocina”. 

Pilar lo define desde el primer poema: “así se construye una infancia”.