Los topos ven en la oscuridad

Muy lejos de Santiago, donde se filmó “El agente topo”, las cosas no son tan distintas en un geriátrico de Paraná. La soledad de la vejez profundizada por la soledad del Covid, ¿tendrá un nombre?  

Por Rocío Fernández Doval


Hace más de un año que no veo a mi abuela paterna. Hace cuatro meses que vivo a la vuelta, exactamente a la vuelta del lugar donde ella vive. No es su casa, es un geriátrico con estricto protocolo Covid. Hace un tiempo, habilitaron las visitas de familiares durante veinte minutos. 

Todas las semanas le mandan un mensaje de Whatsapp a mi viejo, indicándole día y horario en el que puede visitar a su madre, durante veinte minutos. 

La semana pasada fue mi hermano menor, por primera vez después del aislamiento. Dice que le costó reconocerlo. Ahora que es martes a las 18, como decía el mensaje, me toca a mí. Demoro dos minutos en llegar al timbre del geriátrico, desde la puerta de mi casa. Suena un portero automático y la cerradura se descalza, esperando que yo agarre el picaporte ciego y lo tire hacia mí. Entro. 

Me recibe una mujer platinada, con una remera de flores manga tres cuarto y pinta de ser dueña. Le digo el nombre de mi abuela y ella se avergüenza levemente, por no saber si está “arriba o abajo”.

–Ahora está arriba –le respondo convencida, aunque en realidad lo sepa porque me lo dijo mi viejo. 

La última vez que vine con él, estaba “abajo”; un lugar al que las visitas acceden por una escalera caracol descendente y, en cada extremo de la escalera, hay una valla con traba de seguridad, como para niñes. “Abajo” es un subsuelo lleno de focos blancos: plafones fluorescentes que emiten esa vibración continua de moscas alrededor de la cabeza. “Abajo” tiene más olor a pichí que “arriba”, porque está más encerrado. Igual podría ser peor: al menos hay una sala con ventanales que dan a un patio. Pequeño, pero un patio. Por ahí salen las sillas de rueda y las camillas, que trepan una rampa hasta dar con la calle.

Mi abuela está arriba y voy a saber, con un poco más de detalle, lo que eso significa.

–Esperame, que le voy a preguntar a Sonia si está preparada la salita.

La mujer platinada sale del mostrador. La veo irse por un pasillo ancho, hablar con Sonia y volver frotándose las manos.

–Sí, perfecto, entonces te tomo la temperatura y ya pasás.

Pip. Sonrisa.

Camino por el pasillo ancho y Sonia me espera al final, con una bata de friselina azul y ribetes blancos. Yo estiro los brazos automáticamente y me doy vuelta, para que Sonia me ate los lacitos en la espalda. Con un spray me rocía las manos de alcohol y con la otra mano agarra la máscara de vincha y me la calza sobre las sienes como una corona.

–Ahora sí, pasá y sentate que ya la traemos.

Mientras relojeo el despojo absoluto de la sala –sólo hay una mesa redonda, tres sillas y un perchero vacío en una esquina–, pienso que es obvio que mi abuela no haya reconocido a mi hermano en su visita de la semana pasada. Con semejante traje de astronauta, me preparo para que tampoco me reconozca a mí.

–Mirá quién te vino a visitar –le dice entusiasmada una de las mujeres de ambo azul petróleo, que la trae del brazo con la ayuda de una compañera.       

–Hola, qué tal –me saluda con tono amable y canto entrerriano levemente ascendente, mientras pregunta de costado -¿Quién es esta chica? 

–Bajate el barbijo –dicen las dos, al unísono, dirigiéndose a mí con el gesto de la mano hacia abajo, un poco nerviosas por la situación. O tal vez soy yo, que en el fondo ya sé que no me va a reconocer, aún si abandonara todo el kit pandémico. 

–Soy yo, Rocío.

¿Por qué tendría que acordarse de mí?

–Ah, Rocío, ahhh –se ríe–. Hace mucho que no te veo. 

Al menos las dos sabemos que hace mucho que no nos vemos. Y eso, principalmente, es porque no he venido a verla. 

–Se cortó el agua y no me pude ir a Victoria. Si no, no me encontrabas acá. 

Hace calor, a pesar del abril entrado en días, con las hojas de los plátanos amarillas, amontonándose sobre calle Misiones. Hago comentarios sobre el clima como para romper el hielo. 

–Sí, está húmedo. ¿Cómo no tenés calor con todo eso? –retruca. Está claro: se da cuenta del envoltorio de friselina y la máscara en la que rebota el sonido de mi voz. Pero no me pregunta por qué ni para qué todo eso. Yo insisto con la lógica:

–Es que anda el bicho todavía… ¿Te acordás que el año pasado te agarraste esa gripe fuerte?

En el geriátrico hubo varios casos de Covid, uno fue el de mi abuela. Estaba cerrado al público, pero el bicho debe haber entrado con el personal. Durante una semana, le comunicaron a mi viejo por Whataspp sucinto la progresión de una infección urinaria, enfermedad que es habitual por el uso de los pañales. Ahora tiene un poco de catarro, dijeron después. Estuvo varios días con fiebre alta, hasta que le bajó y fue mejorando. Y se recuperó nomás. Cuando le hicieron análisis descubrieron que tenía anticuerpos para hacer dulce.    

Mi papá mandó un video al grupo cuando la fue a ver, ya curada. Decía que se había agarrado una gripe fuertísima, que seguía cansada y no tenía ganas de levantarse. Pero que no iba a ir al médico porque, ¿qué le iba a decir? ¿Que estaba cansada?

Tiene el cuerpo fuerte. Su madre era hija de inmigrantes italianos que llegaron al país traídos por el hambre. Su madre los crió a ella y a sus hermanos, sola. Era analfabeta, cultivaba verduras en el patio, vivían de eso. Tenía la mano gigante, como tiene la gente que trabaja la tierra. No es que me la acuerde particularmente, yo era chica cuando se murió. 

Pero hay una foto donde la Magdalena agarra un mate y yo estoy al lado, con tres o cuatro años, y la mano triplica el tamaño de mi cabeza. Tiene puesto un sombrero de paja y mira a la cámara con gesto serio, casi desinteresado. En cambio, la mirada de mi abuela paterna, desde que partió su conciencia, se volvió más tierna, más vulnerable. 

–¿Y cuándo vas a terminar la escuela?

Le explico que ya estoy recibida, que tengo trabajo. 

–¿Y cuántos años tenés?

Digo 30 y me corrijo:

–En mayo cumplo los 30…

–Ahhh… yo tengo 26 –me devuelve, orgullosa.

Me gustaría saber qué pasó cuando tenía esa edad. Cuál es el punto exacto donde su memoria elige situarse. ¿Ya estaba casada? ¿Ya habrá sido madre cuando tenía 26? No me dan las habilidades matemáticas para hacer la cuenta mientras sostengo la charla. Enseguida, me pregunta si tengo novio. Ella no, ella está soltera y no tiene tiempo para relaciones.

A esta altura ya decidí abandonar el formato de preguntas que empiezan en ¿te acordás? Totalmente innecesarias. Mejor nos embarcamos juntas al lugar donde hay cosas que no existen. Y la vida está por delante y es todo posibilidad.

–¿Y vos querés estudiar?

La pregunta la sorprende.

–¿Y yo…? –lo piensa unos segundos–. Sí hay que estudiar… Y yo, cuentas, números –y hace un movimiento con sus dedos largos y flacos, sobre la calculadora invisible que descansa sobre la mesa–. Eso, yo soy buena para eso. Es lo que he hecho toda mi vida… 

Después de que dice lo último, parece que le pasara una nube sobre la cara. Y se ensombrece. 

–¿Al cementerio no vas?

–No he ido últimamente.

–Pero hay que llevarles unas flores… –aparece un tono de cierto reclamo mezclado con nostalgia. 

Ella va con su madre al cementerio. Van caminando y después, a la vuelta, se toman un remis porque ya están cansadas. 

–Hay que llevarles unas flores, yo le llevo a mamá –dice enseguida y la Magdalena, que caminaba junto a ella a la salida del cementerio con la cartera entre las manos y el papel metalizado que antes envolvió unos claveles, se borra de repente. Desaparece en un segundo. Así de curioso es el tiempo.

Parece que hace años que estamos acá, pero recién se van a cumplir veinte minutos. La chica del ambo azul con el arnés en la cintura para hacer fuerza sin romperse, viene a avisarme.

Cuando le dicen su nombre, para llamarla, ella se da vuelta y agrega el segundo:

–Ángela Adelina, como mis dos abuelas.

Nos levantamos de las sillas, caminamos unos pasos. Quiere que la espere; dice que ella busca sus cosas y nos vamos juntas. Las empleadas del geriátrico le dicen que se quede un rato más. Ella insiste pero enseguida la convencen de ir a la habitación. A mí no me sale ninguna palabra.

–Ella es mi cuñada –le dice a las chicas, como para presentarme.

Me da un beso sobre la máscara y se va, agarrada del brazo de otra chica de veintitantos, como si anduviera dando la vuelta al perro por la plaza de Victoria.