Agua es mi sangre

La belleza de la flor del camalote
es proporcional a su poder:
el Paraná lo arrastra 
hasta la base de los pilotes del Colgante,
ahí se amontonan y se arma
un islote que puede tirarlo abajo.

“Frágil” de Rosina Lozeco

Es 14 de marzo y para ser un domingo al mediodía, la salida se destaca por su puntualidad. Minutos pasadas las 12, las embarcaciones ya flotan sobre el agua y el grupo está listo para arrancar. Estamos en Arroyo Leyes para comenzar la tercera Remada por los Ríos, en el Día Internacional de Acción en Defensa de los Ríos. 

El recorrido comienza en el segundo puente del Leyes -a 36 kilómetros de la ciudad de Santa Fe, hacia el nordeste por la Ruta 1- y finaliza la playa de Rincón, sobre el arroyo Ubajay. Son 24 kilómetros a favor de la corriente, por un río bueno. En realidad, el Leyes se llama Arroyo pero es ya un río, y lo continúan arroyos que viborean entre el río Colastiné y el Paraná. 

La convocatoria se replicó sobre el Paraná a la altura de Rosario, por tramos del Río de la Plata y sobre el río Uruguay, desde Liebig hasta Colón; entre otros puntos del país. El objetivo es concientizar sobre el cuidado al río y la limpieza de islas y zonas costeras; afirmar el no al uso de agroquímicos y las vertientes de desechos tóxicos, no a las represas; y denunciar la contaminación y la alta presencia de cianobacterias. Este año, particularmente, las consignas bregan por la sanción de la Ley de Humedales y exigen el cese de las quemas, después de los estragos ocasionados por los incendios del 2020. Se registraron más de once mil, en toda la extensión del delta del Paraná, allí donde hay islas y el agronegocio quiere pasto para las vacas.

Foto de Milva Azanza.

*

Bajamos al oeste del puente, así que cuando salimos avanzamos un tramo y pasamos por abajo. Vemos una inquietante grieta en el hormigón y viramos hacia el sur. Hacemos otro tramo y nos detenemos para esperar a algunos que se suman al grupo. 

Siento el mismo tirón oscuro en la panza que cuando en auto. Parecido a lo que me pasa apenas entro en el Túnel Subfluvial, consciente de que fue inaugurado en 1969. Cuando se cruza el puente es imposible no pensar en el peligro de un accidente, con las barandas tan bajas. Más todavía si leíste “El puente de las ánimas. La tragedia de Arroyo Leyes y la historia de los sobrevivientes”, del querido y recordado Gustavo Farabollini. Si bien la sensación es perturbante, la lectura es muy recomendable.

Como adelanta el título, el libro es una crónica sobre uno de los accidentes más grandes de la provincia de Santa Fe y quienes la sobrevivieron. El 20 de noviembre de 1970, un colectivo que iba desde la capital hasta San Javier cayó a las aguas del Arroyo Leyes. Por el horario, viajaban varios estudiantes de secundaria. Murieron cincuenta y cinco personas y sobrevivieron seis. Una fue una bebé, que flotó gracias a la bombacha de goma.

Entre las entrevistas que hizo para la investigación, Farabollini le pregunta a un geólogo, Carlos Ramonell, sobre algo que es voz cantada en la costa: que al Leyes lo abrieron los gringos, a pala, cuando era apenas un hilo de agua que se cruzaba a pie. Lo primero que le explica Ramonell es que el Leyes se originó como un surco de desborde del Paraná, con el Potrero y el Santa Rita. Después, le dice que, efectivamente, “hasta 1905, el año de la creciente, el arroyo Leyes era tan bajo que se podía vadear con carreta”.

Foto de Milva Azanza.

Voy en la piragua que nos prestó Milva Azanza, impulsora de la convocatoria. La piragua tiene el beneficio del espacio -cómo no trajimos la conservadora y la poníamos en el medio, nos dice uno de los kayakistas al pasar, con un parlante atado al frente, entre telgopores- y el desafío de la coordinación. Sobre todo para nosotros que hace varios años no hacemos nada de canotaje. 

En la primera parada, donde esperamos que bajen más kayakistas, con mi compañero de remo aprovechamos la parada para acomodarnos. Lo importante, marca Milva, que enseña en la Escuela de kayak “Caminos de Ríos”, es remar con el torso. Cuidarse de no cargar todo el esfuerzo en los brazos ni en los hombros. El impulso, nos dice, se logra con el giro para que la pala entre al agua. 

Foto de Milva Azanza.
Foto de Milva Azanza.

Sigue la travesía, siempre corriente abajo, hacia el sur. No estoy segura de cómo se llama el tramo de arroyo en el que estamos ahora. El cauce se estrecha, la corriente se acelera y nuestra piragua se desequilibra. La costa nos chupa y los mosquitos aprovechan la cercanía de nuestros brazos desnudos. No sé tampoco los nombres de todos los yuyos, quisiera conocerlos. Nos enseñan -un kayakista experienciado, no los perversos mosquitos- a salir remando hacia atrás y luego a enderezarnos con la pala larga. Hay que agarrarla desde uno de los extremos, en la base de la hoja contraria, para transmitirle toda nuestra fuerza y timonear. 

Aprendemos también que la hoja no tiene que adentrarse totalmente bajo la superficie, solo la mitad. Servirse una porción de agua amarronada en la cuchara, tomar envión con el cuerpo para avanzar y devolver el agua al río. 

A medida que avanzamos, conocemos una parte de la costa a la que solo accedemos desde el agua. Del lado de la isla hay ranchos, campamentos de pescadores, chanchos salvajes y conejos. Del lado de la comuna, bajadas de lancha, campings, countries y otras casas privilegiadas con bajada a la costa. Algunas son, se nota, obras arquitectónicas que buscan camuflarse en el paisaje, hechas en altura, con madera, ventanales amplios y mosquiteras. Vemos una que sale con un balcón hacia el río donde cuelgan dos hamacas que dan ganas de sentarse a leer o a observar el agua, que fluye y atrapa como una fogata ardiente. 

Otras casas son un bodoque moderno y suntuoso que empalaga la vista. Pero lo que más indigna son los carteles de prohibido pasar, propiedad privada, clavados impunemente en la costa. 

Alguien que vuelve nos advierte que unos cientos de metros antes de Rincón está tapiado. Pero eso fue hace unas semanas y el río creció. Más adelante, cuando estemos a esa altura, encontraremos los camalotales que arrancó la crecida y los aprovecharemos para viajar un rato, con la pala enganchada. Ahora, pasamos por el camping Los Naranjos y saludamos a la gente que almuerza en la costa. Dicen qué cuántos que somos y leen los carteles que lleva la travesía: Ríos sanos, Ríos libres, El agua es vida, El agua vale más que el oro, Ley de Humedales YA. Otro cartel lleva escrito Agua es mi sangre, por una canción de Pedro Vadhar. Pueden escuchar una versión acá. 

Foto de Milva Azanza.

Vemos, como en la mayoría del camino, latas de cerveza y bolsas, que algunos van juntando en bolsas traídas para eso. 

El arroyo le gana a la costa, doblamos y al rato llegamos por fin a Carmelo, la parada acordada para almorzar. Después del chapuzón, algunos van a comprar empanadas en el comedor y otres desplegamos nuestras provisiones en las mesas del camping. La conversación es obvia: cuál es el mejor de los comedores de pescado. Se exponen los atributos de Carmelo y de La Vuelta del Pirata. Dicen, que las mejores empanadas, aunque el comedor no de al río, son las de La Chela. 

Se pica rápido y volvemos a los botes. Hay que prestar atención al movimiento y acompasar la remada al ritmo del agua. Por un rato, caigo en la tentación de cerrar los ojos, concentrarse en el sonido y avanzar a oscuras.

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Se calcula que en los últimos 300 años desaparecieron el 87% de los humedales del planeta, que albergan el 40% de la biodiversidad. Las principales causas son la ampliación de la frontera agrícola, el uso de agrotóxicos, la actividad minera, la sobreexplotación de bienes naturales, el desarrollo industrial e inmobiliario, las especies invasoras y el desecho de residuos mal tratados.

En Argentina, los humedales cubren cerca del 23% de la superficie del país. Son reguladores naturales del clima -factores fundamentales en el cambio climático- y del ciclo del agua y contribuyen al control de inundaciones y sequías. Obviamente, suministran de recursos hidrológicos que suministran agua a poblaciones en su área de influencia, tanto para su consumo como agua potable como para su uso agrícola y ganadero.

Foto de Milva Azanza.
Foto de Milva Azanza.

En Paraná, contra el barrio San Martín, ya se puede recorrer a pie el humedal que termina de desplegarse en el Parque Nacional Predelta, en Diamante. En la región litoral, además, están el Jaaukanigás y el Humedal Laguna de Melincué. El gran valle aluvial del Paraná es zona de turismo y de pesca, que en los últimos años se vio perjudicada por la bajante y la crisis económica. En Santa Fe, en los barrios de pescadores, como Varadero Sarsotti, La Vuelta del Paraguayo, Playa Norte o Alto Verde, lo habitual es inundarse. 

La travesía, con más de treinta embarcaciones, arriba finalmente a la playa de Rincón. Van llegando los kayacs, las piraguas y una nadadora, Florencia. La gente baja, orilla, se abriga, toma agua. Las personas más prudentes estiran los músculos del cuello, la espalda y los brazos.

Todas las consignas de la jornada se resumen en uno de los carteles, escrito por Waira, una niña sabia, y colgado en la espalda de su padre: 

Sin río, no agua 
Sin agua, no vida
¿Tu adultez lo sabe?

Foto de Milva Azanza.