Pesquisas

Ánarap city: espacio público y democracia

En plena década del 2020, con pandemia y crisis económica y habitacional y ambiental y todo, las ciudades deben encarar nuevas formas de urbanismo. Y Paraná no es la excepción. La discusión sobre lo público, la participación ciudadana, los sentidos que se construyen en las calles y las plazas y la necesidad de que el espacio compartido se transforme a la par de los intereses de todes. 

Por Ana Cornejo. Fotos de Sergio Otero.


Ciudad chica, pueblo grande. Para ser la capital de la provincia, Paraná acarrea problemas del siglo pasado que se acentúan en el presente. Si bien es injusto hacer comparaciones con otras ciudades del país ya que las realidades y los presupuestos no siempre son iguales, las lógicas desde las que se piensa lo público exigen ser actualizadas. La concentración de la administración pública en la zona céntrica, los cortes de agua, los baches, el transporte urbano, las privatizaciones y las brechas territoriales son algunas de las aristas que conforman ese gran derrotero. Pero todas las venas conducen al mismo corazón, y al nuestro le hacen falta múltiples cirugías.

El espacio público es definido por el filósofo de la comunicación alemán Jürgen Habermas en Historia y crítica de la opinión pública como el lugar donde los ciudadanos se comportan como un ‘cuerpo público’. Donde se hace uso público de la razón, dirigido al mutuo entendimiento, con el fin de la resolución de conflictos sociales.

En nuestra Àranap, como cualquier ciudad de mediana magnitud, los espacios públicos urbanos son de los más diversos: calles, veredas, plazas, peatonales, paseos, parques, polideportivos. Tenemos la Costanera, la playa Municipal, la Dársena, el Skatepark, el balneario del Thompson, el Rosedal, el Anfiteatro, la Toma Vieja, el Cementerio Municipal… y muchísimos lugares que les paranaenses guardamos en la huella y que forman parte de nuestro cotidiano. ¿Pero qué es lo que define estos espacios? ¿qué usos son legítimos? ¿cuáles son restringidos? ¿cuáles avanzan de manera predominante y qué otros emergen para hacer visible nuevas apropiaciones?

Habitar un mundo otro

Tras los meses duros de cuarentena, los espacios verdes de carácter público volvieron a habilitarse, si bien los cuerpos ya habitaban furtivamente las plazas y parques desde mucho antes. Evidentemente, los códigos culturales sintonizan distinto a la norma escrita. Ante la añoranza por el encuentro y los ratos al aire libre, una satisfacción clave para la vida urbana, estos lugares cobraron una mayor apreciación por parte de les vecines. 

¿Quién no gozó con locura el volver a sentarse en un banquito de la Carbó, o de la Alvear, o de la de Los Bomberos, en ese tiempo que no pasa y en ese espacio que es uno y es mil a la vez? Ni los protocolos ni el temor al contagio lograron extinguir ese cable a tierra.

Pero más que un goce estético, se trata de una cuestión de salud. La biohabitabilidad consiste en la calidad de un espacio para que en él se desarrolle la vida, y en cómo éste influye en la salud y el bienestar de sus habitantes. La arquitecta e integrante del Foro Ecologista de Paraná, Daniela Verzeñassi, considera que las ciudades actuales requieren de espacios verdes públicos para mantener las condiciones de biohabitabilidad que necesitamos y los servicios ambientales que nos brindan, sin los cuales la vida urbana sería inviable. 

“Si uno tiene una vista aérea de Paraná, se encuentra con muchos manchones verdes, pero al mirar más de cerca, nos damos cuenta de que una gran mayoría está en manos privadas. Si bien aún se conservan, la expansión de la ciudad hacia afuera es un camino sin retorno. Por eso cuando la OMS habla de los requisitos para la biohabitabilidad se refiere a espacios verdes públicos”, aseguró Daniela, con el énfasis puesto en esa última palabra.

 La pandemia dejó más que evidente la urgencia de biohabitabilidad, sobre todo para quienes no cuentan con mucho oxígeno en su propiedad privada. El encierro en un hogar pequeño no fue el mismo que en casas con múltiples ambientes y grandes patios. ¿Y para quienes ni siquiera tienen garantizado un techo bajo el cual haberse quedado? 

La crisis habitacional azota fuerte a las urbes, y no hace falta remitirse a hechos como el violento desalojo en Guernica el año pasado para tomar dimensión de la necesidad de que las ciudades se reestructuren para asegurar el derecho a la vida digna. Y esto incluye espacios públicos accesibles y de calidad en los cuales forjar lazos, encontrarse, esparcirse y generar algo propio.

En este sentido, el Objetivo 11 de Desarrollo Sostenible, formulado por la ONU, es Ciudades y Comunidades Sostenibles, y plantea entre sus metas: “De aquí a 2030, proporcionar acceso universal a zonas verdes y espacios públicos seguros, inclusivos y accesibles, en particular para las mujeres y los niños, las personas de edad y las personas con discapacidad”.

Vagando por las calles

En La invención de lo cotidiano, el historiador francés Michel De Certeau vincula los actos de habla con el caminar, ante una ciudad que cada vez nos pertenece menos:

“Andar es no tener un lugar. Se trata del proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio. El vagabundeo que multiplica y reúne la ciudad hace de ella una inmensa experiencia social de la privación de lugar; una experiencia, es cierto, pulverizada en desviaciones innumerables e ínfimas (desplazamientos y andares), compensada por las relaciones y los cruzamientos de estos éxodos que forman entrelazamientos, al crear un tejido urbano, y colocada bajo el signo de lo que debería ser, en fin, el lugar, pero que apenas es un nombre, la Ciudad”.

La cuarentena nos hizo extrañar el vagabundeo, la espontaneidad propia del espacio público, al ser donde el común de la gente viene, se queda y se va, donde se tejen un sinfín de sentidos no planificados e imposibles de ordenar. Son esos dominios que se expanden y resignifican dinámicamente a cada paso de quienes los utilizan. 

Ese gran lienzo

Cuando fuimos a la plaza Sáenz Peña, la Sampe, el pasto estaba demasiado crecido, pero niñes, adolescentes y adultes la aprovechaban a su manera: en el área de juegos, con la vista en el cielo, con un perro atado a la correa, con el mate en mano o las palabras circundantes. 

Priscila y Érica, dos estudiantes universitarias, estaban acostadas sobre una loneta, gozando de la refrescante sombra de verano. Érica nos dijo que vivían en departamentos y que venían a la plaza para disfrutar del aire libre, la tranquilidad y la seguridad que les brinda. “Creo que después de estar tanto tiempo encerrada, la gente empezó a ver la plaza de otra forma. Ahora valoramos más el estar acá”, opinó Priscila.

Pero tras la pandemia, el espacio público es otro. Mientras su amiga jugaba más lejos con su nena, Carito y Gisela se cebaban mates y nos contaban que en la Sampe ya no hay la misma cantidad de gente que antes, “capaz porque ya no salen tanto”, ni se sigue viendo la misma intensidad de actividades que solía haber diariamente allí, como los toques de tambores y los actos. En cambio, cada vez se ve a más personas haciendo actividad física. El coronavirus nos obligó a reubicar las luchas, las prácticas culturales y la comunicación. Pero en la aldea global siempre se pierde la magia de andar el terreno y en él hacernos unidad.

“En Paraná son necesarios más espacios como éste, de calidad, que sean accesibles, y que también los haya en los barrios. Cuando se hacen los polideportivos, que están buenos para que los chicos jueguen, se debería incluir lo verde”, afirmó Gisela.

Los espacios verdes públicos son importantísimos para las infancias. ¿Quién no tiene recuerdos o fotos o videos caseros de la plaza o el parque al que solíamos ir, donde coloreábamos momentos y donde dejábamos asentado el historial de nuestra niñez?  

 “Vivimos por el San Agustín, y venimos acá porque por ahí cerca no tenemos placita ni nada”, nos dijo Tamara.

En sintonía con los modos de vida en las grandes ciudades, donde se asume la salud y el estado físico como un cambio de conductas, el running, el ciclismo, el yoga y otras actividades físicas vienen en expansión, desenvolviéndose en los distintos espacios verdes públicos de toda Paraná y ya no exclusivamente en la zona ribereña.

Por otro lado, están les skaters, bikers y quienes practican parkour y otras actividades de ese universo, quienes se apropian de la calle de una manera muy diferente. A pesar de contar con un lugar específico en la punta de la Costanera, la intervención es clave, por lo que todo lo gris puede convertirse en un lienzo para reconstruir el sentido que se le asignó de antemano.

Mejorar el diseño

 La Sampe no deja de ser una plaza céntrica, y quizás la más concurrida por la comunidad paranaense, por lo que debemos considerar que los espacios verdes públicos no deben ser una excepción al paisaje urbano sino una política de estado sistemática y a largo plazo (y que no dependa de la voluntad de cada gestión de gobierno), para que no tengamos que caminar decenas de cuadras, tomarnos el cole o ir en auto para disfrutarlos. Que estén a disposición para el goce de todes, más allá de la ubicación geográfica y del nivel socioeconómico de vida. 

 Hay espacios estratégicos que, al no haber sido cuidados para el uso común con el paso del tiempo, no incluyen, sino que expulsan a la ciudadanía. El Thompson está deshabilitado desde hace años, producto de la contaminación y el abandono del arroyo Las Viejas, impidiendo que la gente pueda meterse en las aguas de su río, a la vez que se arrastra un grave problema ambiental. Cuando el verano azota, los cuerpos piden playa y arena sobra, por lo cual los usos populares del lugar se activan. 

 El ex Hipódromo, que en su época supo ser un polo económico y social de la ciudad, decayó y, más allá de la hoy Plaza Mujeres Entrerrianas, no se logró orientar la totalidad de sus hectáreas de verde de carácter municipal para mejorar la biohabitabilidad de la zona central de la ciudad y el acceso a espacios públicos de calidad.

Además de la recuperación de los lugares existentes, otro paso considerado importante desde el urbanismo ecológico es la incorporación de parques lineales. Los mismos pueden conectar los distintos puntos de la ciudad a la vez de que se recupera la biohabitabilidad de zonas más densificadas, sin necesidad de reestructurar todo el trazado urbano actual, como lo sería al crear parques o plazas donde hay calles y edificaciones en uso.

Alicia Glauser, integrante histórica de la Asamblea Ciudadana Vecinalista de Paraná, nos contó: “junto a las vecinales del sur propusimos hacer un parque lineal por el acceso de Avenida de las Américas y División los Andes. Fue aprobado y licitado por la intendencia y ayer lo empezaron a hacer. Es un terreno muy largo que sigue hasta Garrigó, y queremos seguir extendiéndolo con deportes, puestos para los artesanos y arboleda. Nos ofrecen plantar árboles cuando sea época. Al vecino, al ciudadano, hay que enseñarle a cuidarlos y respetarlos”.

La puja

 Otro fenómeno que se ha acentuado en los últimos años es la constante disputa entre el espacio público y el privado. Acá se destacan bares y restaurantes que tienen permitido el uso de las plazas (que en un momento de la cuarentena indignó a les ciudadanes que debían comprar una pinta para disfrutar de la Alvear), y la transformación de la ciudad con la llegada de sucursales de café, comida rápida, supermercados y otras empresas.

Cuando se trata de mega cadenas que quieren innovar la panorámica urbana y tapar la identidad local, todo es aceptable, pero si hablamos de intervenciones en el espacio público por parte de quienes cuestionan las relaciones de poder establecidas, automáticamente se transforman en vandalismo, en atraso, en lo no visible. La pegatina es arrancada. 

A partir de estas sutiles (o no tanto) operaciones, la calle se borra, se le quita a la ciudadanía la posibilidad de habitarlas de manera auténtica, de que lo público sea reflejo de una realidad más cercana, más concreta y más humana.

 Y es esa la potencia de la intervención: redefinir esos territorios comunes para ejercer los derechos conquistados. La puja política requiere quedar plasmada en las plazas y las paredes, porque es la calle donde surge el poder no institucionalizado, y donde mejor se pueden canalizar los intereses comunes para cambiar la unilateralidad por la multiplicidad de voces. 

“Creemos que la Constitución Nacional debe ser reformada para que los ciudadanos tengan derecho a participar. Como en lo que está pasando en bulevar Racedo… que los vecinos puedan involucrarse y decir cómo quieren que sea la obra”, expresó Alicia Glauser.

El uso político (en el sentido amplio del término) de estos espacios trasciende toda definición urbanística. Lugares que fueron pensados para el disfrute, el paseo y el encuentro son resignificados constantemente como puntos de convocatoria para concentraciones, vigilias, sentadas, marchas e intervenciones. 

En la Dictadura, las abuelas transformaron la Plaza de Mayo en su pañuelo de reclamo ante las autoridades, marcando un antes y un después en la lucha en la calle. Si lo público es donde se manifiesta la pluralidad, ¿por qué no se lo piensa desde esa perspectiva? ¿por qué en lugar de habilitar la palabra se la suele entorpecer? 

Durante el gobierno de facto del brigadier Ricardo Favre (entre 1966 y 1973), la Plaza Mansilla fue despojada de todos sus valores sociales y en un claro gesto político se la transformó en estacionamiento. En 2012, por medio de un concurso provincial de anteproyectos, se buscó devolver a la plaza al lugar de trascendencia social y política que le correspondía. 

Margarita Trlin y Dalmiro Cabrera, madre e hijo arquitectes de Paraná, recordaron el proyecto que presentaron al concurso desde el estudio Cabrera Trlin (autor de la obra de la Costanera) y que fue elegido ganador pero que aún así no se llevó a cabo. 

“Con el valor simbólico que posee al reunir el Palacio de Educación, el de la Justicia y la Casa de Gobierno, sería el lugar por excelencia para la expresión social, pero fue convertida en una playa de estacionamiento, y ahora en una a medias”, dijo Dalmiro. El sentido del espacio público no puede ser definido totalmente desde un escritorio, pero al menos debe habilitar a la ciudadanía a darle diversidad de usos, lo cual aún se trata de un paradigma que no se ha terminado de asentar por estos lados.

Donde hacemos cultura

Durante el 2020 se dio un triste episodio. Por la imposibilidad de sostenerse económicamente, la sala de teatro Saltimbanquis cerró sus puertas. Lejos de querer dejar morir la luz, les artistas salieron a la calle a continuar su actividad como se pudo. 

Esta decisión no fue accidental. Generar sentido sobre lo público es un terreno propicio para la cultura, donde necesariamente se da una acción revolucionaria. Es muy común que en las ciudades sean les artistas, performers y gestores culturales quienes cambian las reglas de juego establecidas al convertir la calle en un escenario, las paredes en pizarras y las peatonales en sorpresivos manifiestos ante les transeúntes. 

En los espacios públicos paranaenses nos hemos topado con una silla inexplicada, con un pez dibujado con una cortadora de pasto, con caminantes de negro con frutos en las manos repitiendo “el veneno está adentro”, con pegatinas destapando verdades, con cuerpos vestidos de brujas que en sus hombros sostenían el peso de la injusticia del patriarcado. 

Por lo tanto, si es tan fundamental la participación de las expresiones culturales en el espacio público, “¿no deberían sus actores ser parte de las decisiones sobre los mismos?”, preguntó Daniela Verzeñassi, ante la unidimensionalidad que suele haber en el modelo urbanístico que heredamos del siglo pasado. 

Actualmente, la gestión municipal, a través de la Subsecretaría de Cultura, está realizando diversas actividades orientadas al redescubrimiento por parte de la ciudadanía de algunos de estos espacios, como el Skatepark, el Puente de los Suspiros, el Anfiteatro y el Cementerio Municipal. Lugares que durante los últimos años habían sido abandonados y en los que ahora se invita a una apropiación por parte de todes. 

Sin embargo, la disputa por el sentido de lo público aún se encuentra en tensión. Todavía no se llega a toda la población, y los puntos de acción suelen estar limitados al foco de la ciudad (de la zona céntrica hacia la Costanera), salvando contadas excepciones. Muchas veces estas propuestas no se piensan desde los barrios más periféricos, lo cual le implica a sus vecines un considerable movimiento vehicular que resta accesibilidad, y el efecto mismo de no ser incluides por el Estado. Si la cultura no llega a cada rincón, no es más que un privilegio.

Por más y mejores espacios públicos

A pesar de la diversidad existente, nuestra ciudad de lomadas pide a gritos más espacios públicos. “Cuando se hacía la obra de ensanchamiento en Avenida de las Américas, se cortó el tránsito y la gente iba a caminar, a andar en bici… usaban el asfalto como si fuera un parque”, expresó Lucía Bouzada, miembro y ex presidenta del Foro Ecologista de Paraná. 

Pero el hambre no se cura con migajas. Hacer una plaza no es sólo dejar un terreno con pasto y una calesita en el medio: es iluminarlo, mantenerlo limpio, realizar los cuidados necesarios para la seguridad y la salud de quienes los utilizan, priorizar a la persona a pie antes que a les conductores, instalar elementos de recreación y ejercicio en buen estado, incentivar la apropiación popular… en síntesis,  ocuparse de ellos como cosa de todes. 

Y esto debe ser a partir de planes de manejo (como el que presentó el Foro Ecológico para el Parque Nuevo), proyectos culturales y otras políticas públicas claras e integradas. 

Alicia Glauser recordó la lucha para evitar la construcción de un depósito de colectivos de la empresa ERSA en el Parque Botánico, el cual además es uno de los espacios verdes públicos más grandes que tenemos. “Si no hubiéramos logrado desarmar la votación en esa sesión del Concejo Deliberante, hoy estaríamos llorando”, rememoró. 

Sensaciones similares vivimos con el paso en falso del Polo Tecnológico sobre el Parque Nuevo (aún contando ya con la Ordenanza 8725/07 de ‘área natural protegida bajo la modalidad ‘parque natural’). También con la marcha atrás de la construcción de termas y de un parque acuático en la Toma Vieja y de la cesión de una fracción del Parque Gazzano por parte del gobierno municipal para la Asociación Paraná Hockey Club. Todas ellas producto de la reacción de la ciudadanía movilizada.

A estos intentos se le suman los exitosos, como el hecho de haber perdido del patrimonio público casi la totalidad de la ribera paranaense, incluyendo la playa de Los Arenales, la cual nuestros padres y abueles recuerdan como la más linda de todas. Hoy es un barrio de élite, cerrado con un muro y cámaras de seguridad, que se ha apropiado del acceso a uno de los espacios públicos más populares que teníamos con una obra que pone en peligro la seguridad del Túnel Subfluvial.

“Nuestra ciudad aún ofrece muchas posibilidades, así que habría que hacer un llamado para pensar juntos y de manera sostenida qué cosas se pueden hacer para lograr una ciudad más sostenible, verde e inclusiva, que recupere todo este paisaje tan rico que nos toca”, afirmó Margarita Trlin.

Si vemos en profundidad a través de las grietas grises del cemento, de las baldosas y de los revoques, identificamos el espacio público como esos espejos que reflejan la sociedad actual, esperando latente para dejar surgir una diferente. Debatir sobre sus usos es incidir en las decisiones de su diseño, por lo que mientras más y mejores espacios públicos haya en la ciudad, mayor será la calidad de nuestra democracia. Es una cuestión urbanística, social, cultural, ambiental y política. Por lo tanto, a lo público se lo reconoce, se lo apropia y, más aún, se lo defiende.