Federico Moura, el artífice de un Virus para gozar del rock con todo el cuerpo

En Argentina, los 80 fueron una década corta, que empezaron con la vuelta de la democracia y terminaron con la hiperinflación de 1989. Musicalmente, los 80 también fueron breves: arrancaron con Virus invitando a la juventud a bailar el wadu wadu en 1981, y terminaron el 21 de diciembre de 1988, con el fallecimiento de Federico Moura en su departamento de San Telmo.

Por Octavio Gallo (nota originalmente publicada en Revista Mate)


La primera vez que mi viejo fue a ver a Charly fue en la presentación del disco Yendo de la cama al living. Hacía poquito había terminado la Guerra de Malvinas, y entre el sentimiento de liberación que debe haber circulado entre los cuerpos de una juventud que ya olía el final de la dictadura, mi viejo siempre decidió quedarse con una escena en particular. “En un momento, Charly apretó un botón y empezó a sonar el tutut-tut-tút-tutut que introduce Inconsciente Colectivo. Se paró y empezó a caminar mientras el loop seguía sonando. Era el futuro”, ha sabido decirme.

En realidad los sintetizadores ya los usaba Crucis desde la década anterior, pero el rock progresivo nunca tuvo en Argentina la popularidad que tuvo en otros lugares. Recién cuando Charly se trajo unos sintetizadores de Nueva York y grabó Clics Modernos, la gente se enteró de que las máquinas podían tocar música, y que ellos podían bailarla. Esa novedad poética de la música sin músicos atrajo a muchas bandas; entre ellas, Virus.

Virus nació a finales de los 70 en la ciudad de La Plata con la fusión de dos grupos de hermanos (Marabunta, en el que tocaban los Moura, y Las Violetas, en el que tocaban los Serra). Federico Moura era el mayor de los músicos: su hermano Jorge, el mayor de la familia, militaba en el ERP y había desaparecido en 1977. Por lo tanto, Federico asumió el liderazgo artístico de la nueva banda, y desde el principio le imprimió una estética novedosa y marcadamente juvenil, en una época en la que todavía las fronteras musicales seguían cerradas y, como consecuencia, las bandas nacionales continuaban haciendo rock progresivo, ajenas a las revoluciones del punk y del new wave. Los referentes seguían siendo Spinetta y, sobre todo, Charly. Curiosamente, Federico Moura había nacido el mismo día que Charly, del mismo año; pero su carrera musical arrancó casi diez años después. 

A pesar de ya ser relativamente “viejos” cuando lanzaron su disco debut, Virus representó una forma nueva de hacer rock en Argentina: música fresca y juvenil, con algo de new wave y algo de ska. En el contexto árido del rock nacional de principios de los 80, Virus empezó a apelar a conceptos que estaban alejados de lo que “significaba” el rock.  Desde su primer hit, Wadu Wadu, Virus invita a bailar, a moverse, a “salir del agujero interior”. Una de las canciones de su segundo disco se llama “Entrá en movimiento”, y dice cosas como “¡no te muevas, no te rías! La música es cosa seria / Alcanzame la mermelada / Pero yo tengo orejas en todo el cuerpo, loco!” o “Estamos cansados de escuchar música sentados / A caminar, a correr, a saltar por todos lados”.

La música, claro está, hacía su parte para que esa posición de “son todos viejos y caretas menos yo” resultara genuina.[1] Pero esta actitud punk no impidió que la banda fuera acusada de frívola, de tonta, de desideologizada. Lo cierto es que Virus, sin abandonar su estilo irónico, explicitó varias veces posiciones políticas en sus canciones. En Me fascina la parrilla, luego de enumerar todos los “logros” que nos definen como argentinos (desde Maradona y el dulce de leche hasta Entel y Graciela Borges), Moura termina diciendo: “¿Y después? ¿Qué querés? ¡Fin de mes! ¡El estrés!”. Y en El banquete, la gastronomía es una excusa para criticar la postura que tomaron varios músicos de rock ante la Guerra de Malvinas.

En esa primera época, la banda también auspiciaba debates éticos novedosos, como lo demuestra Amor o acuerdo, de su primer disco, en la que hablan de amor libre y responsabilidad afectiva treinta años antes de los escraches y los comunicados reflexivos post-escrache de las bandas indie. ¿Qué “yo” constituye Virus en sus canciones? Un “yo” individualista (“Después de todo puedo vivir romances y conservar mi relación principal / Y así tener un poco de cada cosa / Sin lamentar por no tener algo más”) pero sensato (“En cosas importantes es bueno pensar antes / Compartamos poderes con conciencia y placeres”). Un “yo” hedonista y ansioso, lejos del “nosotros” idealista que planteaban otros artistas. Y un “yo” urbano: a diferencia de Javier Martínez, que quería una casa con diez pinos, de Spinetta, que quería tomar el tren hacia el sur, o de Luca Prodan, que efectivamente vivió un tiempo en las sierras de Córdoba, Moura y sus compañeros eran porteños y lo disfrutaban. Por eso podían decir “Voy respirando el smog de esta sucia Buenos Aires”, para inmediatamente después afirmar: “A vivir todo ya como me gusta / A vivir todo ya, nada me asusta”.

Ya en esta época, la banda era objeto de críticas para cierta parte del ambiente del rock, teñida de prejuicios y de una homofobia indisimulable. Federico Moura fue el primer cantante de rock nacional abiertamente puto, y eso molestaba a algunas personas; por ejemplo, a Luca Prodan, que en un festival en el que Sumo tocaba antes que Virus los anunció como “la banda de los putitos”. La música de Virus también fue puesta en tela de juicio por Luca; alguna vez dijo que si a Moura le daban una guitarra, no iba a poder zapar nada interesante, no le iba a generar nada. Sin embargo, en un plano musical, Sumo tenía mucho más en común con Virus de lo que el propio Luca podía llegar a reconocer: el desenfado, el sonido resquebrajado y con tintes post-rock, el énfasis en las texturas y en las atmósferas, la monotonía general de muchas de sus canciones. Las diferencias eran mucho más discursivas que musicales, y marcaron el inicio de una “grieta” musical dentro del rock nacional que duraría muchísimo tiempo y que iría actualizándose en diferentes disputas a lo largo del tiempo, como Soda vs. Los Redondos o el rock chabón vs. el rock sónico. 

Pero, como todas las grandes bandas, Virus supo reinventarse. Con la introducción de los sintetizadores, la banda logró un sonido más profundo, más maduro, más refinado. Hoy en día, todos esos sintetizadores suenan viejos, fechados. Virus es una de las pocas bandas de los 80 que no provocan tanto esa sensación: suena viejo, sí, pero a la vez atemporal, y no podría sonar mejor de otro modo. La voz de Federico Moura se hace más grave y más sensual, y Federico acompaña ese cambio abandonando las rimas estúpidas y acortando las palabras. Fue una decisión estética acertada: pasar de frases como “Soy muy inconsciente y también ardiente / Me vuelve demente todo lo brillante” a palabras sueltas como “Fuego / Nuestro / Aliados / Infierno / Silencio” permitió reflejar y profundizar el cambio sonoro. 

La primera experiencia dentro de este nuevo paradigma musical fue algo fallida. Relax no logra melodías o texturas que mermen la frialdad de los sonidos sintetizados. Esto no sería un problema si el disco buscara transmitir esa frialdad, pero la música está pensada para evadirla, y no lo logra. El “yo” tortuoso y pasado de rosca con las neurociencias presente en canciones como Amor descartable o Me puedo programar (que propone, directamente, “controlar los sentimientos”), tampoco ayuda.

Pero en el disco siguiente, Locura, sucede la fiesta. Moura abandona el afán de controlar los sentimientos y, en cambio, los deja fluir. Los sonidos dibujan cuerpos y palabras que se mueven lento y en escenarios nocturnos. Este paisaje sonoro permite que Virus logre algo muy, muy difícil: hablar de sexo y que quede bien. Cuesta mucho encontrar canciones de ese estilo que no caigan en lo chabacano. El uso de metáforas para evitar la vulgaridad sólo lo vuelve aún más grosero. Virus logra evitar todo esto, moviéndose siempre en el límite entre lo sugerente y lo explícito, entre lo seductor y lo soez, entre lo permitido y lo pervertido. Y no sólo logra evitar el mal gusto: también te calienta en serio.

¿Cómo lo logra? En primer lugar, dándole importancia no solo a las palabras, sino también a los silencios. En segundo lugar, acercándose mucho a lo cinematográfico. Las canciones de Locura parecen estar describiendo escenas de una película. Las letras de Virus, aún con este cambio de enfoque, siguen teniendo muchísimos verbos de acción. No hay lugar para metáforas muy elaboradas, declaraciones de ideas o divagues mentales. Los personajes de sus canciones son personas concretas y reales, que hacen cosas concretas y reales. Esto hace que uno se forme imágenes en la cabeza con mucha facilidad.

Luego de grabar Locura, cuando la banda estaba en el cénit de su carrera, Moura se enfermó. Su último disco, Superficies de placer, fue una despedida hecha a las apuradas, que no obstante le permitió a Federico agarrar una acústica en el tema homónimo y demostrarle a Luca que vaya sí podía zaparse algo. La propuesta de Virus fue innovadora para nuestro rock: consistió en poner el cuerpo en cada tapa, en cada canción, en cada frase. Bailar, ya sea como liberación colectiva o como conexión íntima. Para salir del agujero interior, para sumergirse en la locura o para vivir el placer. Bailar, para que sea nuestra revolución.

[1] Hoy, en cambio, quizás nos identificamos más con “El mundo extraño”, de Él Mató a un Policía Motorizado: “no sé qué pasa en este lugar / todo el mundo es más joven que yo”.