Frenó la moto y bajó. Ya había visto ese tapiz con ganas, lo tenía junado. Esa vez fue con la máquina y empezó a trazar una línea, con el cabezal de refilón. Siguió hasta que perdió la noción del tiempo y del sol. Paró cuando el cansancio lo pudo y cuando estaban listas las cincuenta escamas y la perspectiva.

Por Rocío Fernández Doval (*)

“¿Alienígenas sabaleros en Paraná?”, tituló El Litoral, con ironía, del otro lado del río. Los medios locales no llegaron a tanto, pero advirtieron con sorpresa la aparición de un pez gigante dibujado en el pasto, en el talud más conocido como el rulo del túnel. Era enero de 2020.

El pez había sido trazado con precisión, no se sabía en qué momento ni con qué herramienta. Nadie se lo adjudicaba: ni empleados municipales, ni colectivos artísticos, ni hinchas de Colón en territorio entrerriano. La alusión a fenómenos ovnis discurría en tono de chiste, pero alimentaba la intriga y las redes sociales.

Algunos días después se terminó el misterio. Llegó el móvil de Canal Once justo en el momento en que Esteban Caridad se disponía a completar la obra. Quería agregarle algunos detalles y emparejar el césped que ya había crecido. Cuando le preguntaron de qué pez se trataba, contestó:

–Un big fish. Un gran pescado… Una boga –alcanzó a decir, antes de que el periodista le saque el micrófono para repreguntar–. Yo voy a pescar mucho al río, así que tengo la imagen de la boga, las escamas… Y la mirada…

No es la especie más grande del Paraná, más bien promedia los cuatro kilos. El cuerpo es ancho, las escamas plateadas, el pico alargado –bien diferente al del sábalo–. A veces tiene manchas negras sobre el lomo. Sus aletas suelen verse amarilleadas. El ojo de la boga es circular y, cuando por fin se convierte en una pieza de pesca, parece mirar igual que mira la boga de la obra de Esteban Caridad.

Una remera que le cubre la cabeza del sol del mediodía, guantes en las manos y la motoguadaña amarrada al cuerpo: eso es todo lo que tiene, además de una imagen fresca en la memoria y la habilidad de dibujar en el pasto y a escala. Esteban Caridad tiene el dominio de las dimensiones.

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Así como en 1969 el ser humano pisó la luna, también inauguró el primer túnel del mundo fundado sobre un lecho de arena, bajo el agua.

El 13 de diciembre de ese año, Eladio Modesto Vázquez, gobernador de Santa Fe y Ricardo Favre, gobernador de Entre Ríos, cortaron la cinta de inauguración del Túnel Subfluvial junto a Juan Carlos Onganía, dictador durante la autodenominada “Revolución Argentina”.

Mientras, María del Huerto de Caridad se preparaba para atravesar el verano, embarazada de los mellizos.

–Era profesora mía –me cuenta una ex alumna de la Facultad de Ciencias de la Educación–. Creo que estaba viajando a dar clases… porque también daba clases en un pueblo. Ahí tuvo el accidente.

–Cuando ella se partió la columna estaba embarazada de mí y de mi hermana. O sea que al día siguiente nacimos y ella tenía los mismos años de accidentada como nosotros de nacidos.

Así lo cuenta Esteban, que nació junto a su hermana melliza el domingo 28 de junio de 1970 en la Maternidad del Rawson de Paraná.

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Antes del pasto, fue la arena. Y antes, el grabado, la pintura, la cerámica: “La vida me fue llevando por la comunión con los materiales”, define.

Era chico cuando descubrió el primer elemento.

–Una tía hacía vasos de arcilla. Recuerdo el aroma, la textura, casi que daban ganas de comerla. Unos años después otra tía me dibujó una esfera y me hizo sombrearla. Ahí descubrí el volumen de los cuerpos. Aparte tocaba la guitarra. Siempre sacando para afuera…

Un día, hace diez años, llegó a la playa municipal “problematizado, masturbálgico”, acuña la palabra. Era verano. Se sentó en una canoa a ver la tarde caer. Permaneció ahí, inmóvil, mirando el río.

–Estaba en el espejo sentado y veo una tablita de madera medio podrida, en la costa. La tabla me llamó. Ya había anochecido y un faro de luz creaba claroscuros en las pisadas de la gente. Entonces empecé a jugar con la tablita. A generar nuevos claroscuros en la arena de la playa. Me olvidé de toda mi pesadumbre y al menos por tres horas experimenté la dicha más intensa, abstraído de todo. Me fui chocho.

Siguió un tiempo yendo a la playa. Lo que primero apareció como una representación abstracta fue convirtiéndose en algo figurativo. Esteban Caridad empezó a dibujar flores en la arena. Descubrió el gran formato y la necesidad de la perspectiva: para ver lo que dibujaba en su totalidad, era necesario elevarse, mirarlo desde arriba. Después de un tiempo dejó de sentir la dicha de la primera vez.

–Me las pisaban. Y al arte efímero se supone que lo desintegra la naturaleza, no la naturaleza humana. Estaba promoviendo la nueva cultura de pisar flores efímeras.

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Creció en el 33 Orientales y después en el barrio de la abuela paterna, en la calle Malvinas. También andaba repartido en la casa de los abuelos maternos por España y Diamante. La escuela Del Centenario le quedaba de camino. La secundaria la terminó en el Colegio Nacional. Durante la adolescencia fue rugbier, hizo remo, nadó.

–Toda mi familia fue socia del Rowing. Mi vieja estaba en silla de ruedas, entonces podía bajar bien a la playa. Una vez, cuando éramos chicos, estábamos jugando en la arena y desapareció mi hermana. Mi viejo la alcanzó a enganchar metida en el remanso. Al ratito, desaparecí yo. Y así. Somos bichos resucitados por el río. Nos dio una segunda oportunidad.

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Esteban convive con siete personas más en la zona de Don Bosco y Ramírez. “La pobreza me va llevando de pensión en pensión. Antes, la costa me quedaba cerquita”, dice.

Todos los días se levanta y sale por la zona, con la máquina a cuestas. Corta el pasto. Toca el timbre y corta el pasto en los frentes de las casas, en los patios, donde le pidan.

–Soy desocupado hace 30 años. Trabajé en el Consejo del Menor y después en el Casino. En realidad mi noviecita de barrio quedó embarazada y yo tenía que trabajar según los cánones de la sociedad. Mantener una familia. Cosa que ni por las tapas…

En el Casino era ayudante de mesa de ruleta, perro en el argot del paño. Juntaba las fichas y también hacía academia de pagadores. Hasta que le llegó la resolución de despido. Al principio se puso a pintar casas y, con el tiempo, fue aprendiendo otros oficios.

También retomó la idea de hacer arte efímero: “Me volvió como una ola en el interior”. Les empezó a proponer a los dueños de casa “si querían un lookeado en el pasto, como se lookean hoy las cabezas”. Las reacciones fueron diversas.

– Y… la gente lo notaba raro. ¿Cómo alguien que se supone que está en las últimas, cortando pasto en el frente de su casa, va a hacer un dibujo?

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Al terminar la secundaria, Esteban Caridad decidió que iba a estudiar Bioquímica. En realidad su sueño era ir por diseño a La Plata, pero se quedó. Dice que “hacía macramé con las hojitas de palmera del jardín en el parcial de matemática”. Dos años y dejó, no era lo de él. Tiempo después fue, por fin, a la Escuela de Artes Visuales. También dos años.

–Habiéndome casado de a puro amor, separado de a puro odio, estaba atravesando una situación emocional bastante compleja. Lamento no haber pasado por la escuela en mejores condiciones.

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Caminamos por las calles aledañas a la plaza de los Bomberos. Estamos en plena pandemia. En el primer encuentro vino un policía a echarnos de uno de los banquitos. La segunda vez salimos a caminar por necesidad propia.

Tiene unos papeles en folios bajo el brazo. Mientras llovizna nos resguardamos bajo una garita y le pregunto qué son.

–Cuando uno se siente amenazado, cultural y biológicamente, busca delegar. Me doy cuenta de que la vida dista muchísimo de lo que alguna vez me imaginé, entonces he buscado delegar. Como no he podido tener hijos, porque esa empresa me salió mal, me dediqué a hacer hijos en mi obra.

Los papeles son presentaciones de la Defensoría, del Hospital Escuela, del Superior Tribunal de Justicia. Busca respuestas. Busca explicarse por qué le salió “una cosa putrefacta acá” y se señala a la altura del apéndice, como si el dolor fuera un bollo negro de límites difusos.

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–Cuando uno se siente amenazado busca la manera de decir: “Ey, acá estoy”.

Esteban Caridad busca. Las obras de las flores en la arena eran para él, a pesar de estar en un lugar público. El gran pez, en cambio, perdura más tiempo. Incluso, se encarga de mantenerlo. Están los demás y cómo ven: “No hace falta que cambien las leyes, las ordenanzas, sino que la gente cambie la forma de ver… odiosa, negativa, ruin”, dice Esteban.

–No reniego, pero toda la vida hubiese preferido ser un padre de familia y un esposo amoroso, tranquilo, bien… normal, a ser un artista reconocido. Un Charly García. ¿Quién quiere ser Charly García?

Hace un tiempo que veía que el nivel de energía lo superaba, que no lo podía administrar. Entonces fue al Hospital Escuela de Salud Mental de Paraná, “al menos para dejar testigo”.

Con su terapeuta está escribiendo un proyecto de paisajismo para la ciudad. “Capaz que el arte es una forma de encontrar ese camino que estoy buscando. De hacer una obra mayor, o nada. Simplemente dejar una seña en esta vida”, dice.

Casi me contesta lo mismo que decía Charly cuando le pregunto qué es el arte: cagarse de frío. Entonces va la segunda posibilidad de definición, mientras cruzamos calle La Rioja: “Es una necesidad vital, como tener hijos. Un pulso de vida”.

Nos despedimos al lado de su moto, estacionada sobre el pasto largo de una casa abandonada: “Estoy sobre mi elemento”.


(*) Publicada en El Diario el domingo 29 de noviembre de 2020 en el marco de la convocatoria Paraná en Crónicas, organizada por la Editorial municipal, la Facultad de Ciencias de la Educación, el Sindicato Entrerriano de Trabajadores de Prensa y Comunicación (SETPYC) y El Diario.