Comer una vez al día

En barrio Chalet, al suroeste de la ciudad de Santa Fe, La Poderosa financia uno de los tantos comedores comunitarios claves para sostener los tejidos sociales rasgados por años de políticas esquivas y por la pandemia. A mediados de julio, Unicef visitó el espacio para realizar una encuesta. El resultado da escozor: el 95 por ciento de las familias comen una sola vez al día.

Escribe Octavio Gallo.


Mari se saca los guantes, se recuesta sobre el mostrador y saca el celular para dar la señal:

—¡Cumpas, ya pueden pasar a retirar la comida! —ordena, con la voz decidida de la labor terminada apuntando hacia la pantalla de su smartphone.

Son las doce del mediodía del sábado en el Comedor Comunitario “Ester Ursini”, de la organización social La Poderosa, y el sol santafesino pica las cabezas de las personas que empiezan a formar fila en la vereda, cada una con su bolsa.

Todos los fines de semana se repite el mismo escenario en barrio Chalet: manos que amasan, la puerta del horno que se abre y se cierra, el calor sofocante de la cocina, una trabajadora que entrega la ración y marca un nombre en una planilla, las madres que apoyan la bandeja en la mesa familiar pensando que, por lo menos ese día, el plato de comida caliente será una garantía.

El comedor es el resultado del trabajo cotidiano de lxs vecinxs organizadxs para hacerle frente a una necesidad urgente y común a todos los barrios empobrecidos: el hambre.

Foto: La Poderosa

A mediados de julio, Unicef visitó la Asamblea Poderosa de barrio Chalet para encuestar a 22 trabajadorxs comunitarios y vecinxs de Chalet y de los barrios aledaños, con resultado doloroso: el 95% de las familias encuestadas comen una sola vez al día.

Desde hace cuatro meses, además, La Poderosa recibe asistencia económica del organismo dependiente de Naciones Unidas, un ingreso necesario para sostener 150 comedores y merenderos de todo el país, entre ellos el Ester Ursini. “Se prioriza siempre a lxs niñxs”, indica la Negra Albornoz, referente de La Poderosa y vecina del barrio. “Lxs adultxs comen al mediodía o a la noche y, durante el resto del día, pasan de largo con mate y a lo sumo pan”, agrega.

Comidas insuficientes y a base de hidratos de carbono, exceso de azúcar y de grasa y carencia de nutrientes esenciales como proteínas, vitaminas o minerales: las consecuencias nutricionales de estos hábitos alimenticios son varias.

—La malnutrición, entendida como la falta o exceso de nutrientes o el desequilibrio en la ingesta de energía y nutrientes, es un factor de riesgo para numerosas enfermedades: obesidad, diabetes, hipertensión arterial, cardiopatías y enfermedades cerebrovasculares—, explica la licenciada en Nutrición Luisina Berca (M.P. 1467). Además agrega: —Una alimentación inadecuada en la primera infancia afecta el crecimiento y desarrollo de lxs niñxs, y puede generar una disminución en las capacidades cognitivas, baja talla o directamente desnutrición. En embarazadas, puede haber riesgo de partos prematuros.

Naty tiene una hija de 5 años y cocina sólo al mediodía. Ella dice: “ Si queda algo comemos a la noche, pero si queda muy poco come la nena nada más”. El escenario se replica en la casa de Tata, en la que hay dos niñxs: “Comemos al mediodía y a la noche tomamos mate. Siempre tratamos de que los chicos coman al menos una fruta”.

“En mi casa somos 10”, dice Karen, vecina del barrio. “Los fines de semana retiramos la comida del comedor, que es una gran ayuda. El resto de la semana comemos una vez al día, y cuando no hay plata se cocina sólo para los chicos”, agrega.

El comedor comunitario Ester Ursini, nombrado en honor a una vecina fundadora de la Asamblea de barrio Chalet y fallecida en 2018, prepara 250 raciones todos los fines de semana, 40 más que antes del inicio de la pandemia. El espacio se sostiene con el trabajo de diez vecinxs, en su gran mayoría mujeres.

—Las mujeres y disidencias sexuales que sostenemos los comedores, merenderos y ollas populares de todo el país estamos en la línea de fuego, frenando el hambre del pueblo empobrecido, y este es un trabajo que no se nos reconoce—, explica la Negra Albornoz.

Las comidas se elaboran con aportes económicos de Unicef y del Gobierno provincial, y con alimentos provistos por la Municipalidad y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Muchas veces, a pesar de los interminables trámites burocráticos que implican (“son miles de papeles”, cuenta la Negra), estos aportes no impiden que la organización tenga que hacer malabares para poder brindar una dieta balanceada.

Los bolsones que entregan Nación y Municipio son productos secos (fideos, polenta, leche, aceite), y la Tarjeta Institucional de Provincia se puede utilizar sólo en algunos supermercados.

“No tenemos permitido comprar productos frescos, o sea, verduras y carne. Hacemos todo lo posible por servirlos, pero a veces no llegamos”, explica Albornoz.

Foto: La Poderosa

 

Las redes comunitaria como sostén

“La salida es colectiva” es uno de los lemas que la Asamblea Poderosa de barrio Chalet lleva a la práctica. Además del comedor, existe también una cooperativa de cocina, que vende sus productos en el Mercado Futuro y en Chango 88 e incluye también una rotisería; una cooperativa textil, que desde el inicio de la pandemia produjo más de 5.000 barbijos; la primera cooperativa trava-trans de la ciudad, compuesta íntegramente por personas trans; un lavadero de autos en el que trabajan pibes de 18 a 25 años, un segmento marcado por la deserción escolar y la falta de oportunidades laborales; y una cuadrilla de promoción ambiental que, a través de un convenio con la Municipalidad, emplea a 8 personas que todas las mañanas llevan a cabo la limpieza y la recolección de residuos en un sector del barrio.

Todo esto, sumado al acompañamiento de los trayectos educativos de decenas de pibxs realizado por el espacio de educación popular durante la cuarentena, revela la existencia de una red de trabajo comunitario que sostiene las vidas de muchas personas en un contexto donde la desigualdad del capitalismo muestra su cara más cruda. Frente a un Estado impotente, en el mejor de los casos, y cómplice en el peor, la comunidad aparece como un actor clave para evitar más desgarramientos en un tejido social precario. O, mejor dicho, precarizado.

—Hablamos de barrios empobrecidos y no de barrios pobres, porque no somos pobres por elección, sino que es el resultado de la aplicación de determinadas políticas—, dice la Negra, y justifica la necesidad de dejar de conjugar a estos territorios de forma tan pasiva.

La situación crítica que atraviesan estos barrios, agudizada por la pandemia, impide que se garanticen los derechos humanos básicos y atenta contra el ejercicio de una vida digna. “Ahora no estoy trabajando porque cerraron el trueque, que era mi fuente de ingreso”, cuenta Jaque, que come sólo al mediodía. La alimentación es, quizá, la necesidad más urgente y más triste.