Nada que ver con el campo

Del río Paraná a la Alemania de los años 70. Del trabajo en una fábrica, durante 36 años, a la vuelta a la tierra. Un perfil de Tincho Martínez, con el atardecer de La Porota de fondo. Por Rocío Fernández Doval. Fotos de Ana Lucía Vergara.

La Porota, a 25 kilómetros de Paraná, se define como un espacio rural para la agroecología. La Porota, además, fue la madre de Tincho Martínez, que hace diez años, después de jubilarse, volvió junto a su compañera al pedazo de campo familiar pero ya no de visita. Y se encontró con personas jóvenes que le hablaron de otro campo, que no conocía. Un perfil de Rocío Fernández Doval, con fotos de Ana Lucía Vergara.


“Nada que ver con el campo”. Polo Martínez, poeta del río, era su padre: “Así que te imaginarás adónde transcurrió mi infancia: arriba de una canoa”. Pero su madre, la Porota, tenía las manos grandes. Manos de trabajo en la tierra.

La vida de Tincho Martínez podría haber sido una cosa: tal vez, seguir en la Escuela de Música, convertirse en guitarrista como haría su hermano mayor, el Zurdo. O también, quizá, jugar al básquet hasta llegar a la primera del club Olimpia y hacerle honor a su altura. “Seguramente hubiese andado bien en el básquet. Pero cuando empecé la secundaria en la industrial, que era de mañana y de tarde, tuve que dejar las dos cosas”, dice. 

Entonces, la vida de Tincho Martínez fue otra cosa: como era bueno para matemática y para física, y ya había ido a la escuela técnica, a todo el mundo le pareció natural que fuera ingeniero. Estudió Ingeniería Mecánica en la UTN de Santa Fe hasta que, a sus 20 años, ganó una beca para irse a Alemania a seguir la carrera. 

En Alemania conoció a Rita, se recibió, tuvieron dos hijas, entró a trabajar en Mercedes Benz, volvieron a la Argentina, se instalaron en Buenos Aires y un día, 36 años después, Tincho se jubiló. Y pensó qué hacer. 

Mucho tiempo antes, habían comprado un pedazo de campo, en la zona de La Picada, a 25 kilómetros de Paraná. En el campo vivieron durante algunos años la hermana de Tincho y su pareja. En el campo nació la cooperativa apícola “El Espinal”, que empezó Martín, el sobrino de Tincho. A ese pedazo de campo, los hermanos Martínez no dudaron en llamarlo “La Porota”.

“Cuando nos retiramos con Rita, ya había fallecido mi hermana, mi cuñado se había ido a Paraná. Entonces apareció la hermosa posibilidad de hacer algo acá –dice y mira alrededor, la ronda de árboles que nos envuelve– y de conocer gente joven, que ya venía empapada con la agroecología”.

Entonces, Rita y Tincho se instalaron en el campo, hace casi diez años. Y, aunque no son productores, desde entonces y atravesando varias etapas, “La Porota” es decididamente un espacio rural para la agroecología:

“Rita y yo nunca nos propusimos transformarnos en productores. Estamos en una etapa de nuestras vidas en que más que realizarnos nosotros, personalmente, nos pareció que lo que teníamos que hacer era poner esto a disposición de gente más joven, con proyectos que nos trasciendan, mucho más allá de nuestras posibilidades biológicas”.


La Porota y el Polo

Ella falleció en el 90 y la familia compró el campo de La Picada en el 91. “El cartelito de adelante, está ahí desde esa época”. 

“Bevilacqua de apellido, Bevilacqua Portillo –la nombra Tincho–. Era de familia de inmigrantes italianos y españoles. Huerteros. Siempre se nombraban lugares que yo nunca conocí, pero donde habían vivido o donde visitaban familia: la zona de Tabossi, por ejemplo. También vivieron en el Paracao, en la época en que eso era todo quinta”. 

La Porota “era un ser que siempre estaba al servicio, a un costado, viendo necesidades de los demás. Ama de casa típica, la figura de la mujer sometida: la ronda sentada tomando mate en la mesa y la mujer atrás, parada, cebando. Nunca se pudo desarrollar como ella podría haberlo hecho”, confiesa.

Su padre, en cambio, fue un artista reconocido, poeta y periodista. Muchos de sus poemas se recuerdan como canciones, a través de la música que les compuso el Zurdo Martínez. “Hermano del corto sueño y de la esperanza larga, pescador del Paraná, te acompañaré hasta el alba”.

Cuando Tincho encontró el aviso de la embajada alemana, a página completa en El Diario, a Polo Martínez no le hizo mucha gracia. “Mi viejo… no quería que yo me vaya. Qué vas a hacer en Alemania, te vas a volver nazi. Y mi vieja, totalmente de acuerdo. Si yo quería ir, ella me iba a apoyar”. 

Se presentó a la convocatoria que anunciaba el diario, como todos sus compañeros. Estuvo un año “en la zaranda” y, finalmente, fue uno de los cuatro seleccionados del país para viajar a estudiar, junto a un misionero, otro paranaense y un porteño.

“Mi viaje a Alemania fue una revolución en la familia. Tanto mi madre como mi padre eran de familias con muchos hermanos. Mucha tía, tío, primos. Entonces que, de golpe, uno gane una beca para irse seis años a Alemania, fue una revolución. Estaban alborotados. Además no teníamos un mango”, recuerda Tincho. 

Era otra época, no se viajaba. “Yo por primera vez me subía a un avión. Apenas había ido varias veces a Buenos Aires con mis tíos que eran camioneros. Mi viejo tenía muchos amigos poetas, uno me escribió un poema. Cuando me iba en la balsa, se juntó toda una muchedumbre en el muelle. Y el que escribió el poema –”que lo tengo por ahí”, dice–, habla como si fuera yo, en primera persona. Me acuerdo solamente: Repecharé la lomada a fuerza de corazón. Empezaba así, te imaginás cómo seguía después”. 

Tincho se acuerda patente de que los amigos le decían, fascinados, que iba a tener clases con premios nóbeles. “Y yo lo que pensaba era: Ah, en esa ciudad también está Sociología. Capaz que me puedo meter a estudiar Sociología”.


La lomada

Cuando llegó estuvo cuatro meses estudiando alemán en una ciudad límite con Francia, Saarbrücken. Ahí, precisamente, estaba Rita, estudiando Pedagogía. “Rita es argentina, hija de alemanes. Así como yo fui a Alemania, como que fuera a Marte; Rita fue como quien va a la tierra de sus mayores”.

Se conocieron y formaron su familia allá: “Estuvimos más o menos diez años en Alemania, en una etapa importante, entre los veinte y los treinta. Entonces cuando me dicen que tengo algo de alemán, tengo algo de alemán: lo tengo que reconocer”. 

Durante los cinco años de estudio, estuvo en una ciudad del norte. Él ayudaba a algún compañero con lo que eran sus fuertes: matemática y física. Y cuando había que hacer planos de máquinas, lo ayudaban a él. 

Cuando terminó, intentó conseguir trabajo en alguna empresa alemana que les hiciera volver a la Argentina: “La Bosch tenía una fábrica de inyectores en Tucumán. Tenía que hacer un año de preparación en Alemania y después podía volver. Pero me encontré con un profesor, le conté de mis planes y me dijo que si pensaba en ir a producción de la Bosch, estaba loco. Me tenía re mangiado –se ríe Tincho–. Y ahí me comentó que en el área de cómputos de la Mercedes Benz estaban buscando gente, que por qué no llamaba. Y ahí terminé nomás. Pero eso era un trabajo, no tenía nada que ver con volver a la Argentina. Tuve que aprender lenguaje de programación, que ahora no existe más. Estuve cuatro años laburando ahí, programando”. 

Entonces, ahí sí llegó la posibilidad y decidieron volver. Una vez instalados en Buenos Aires, Tincho siguió en la Mercedes Benz pero empezó a trabajar en la parte organizativa del proceso de producción. Mientras tanto, Rita coordinaba la enseñanza del idioma alemán en las escuelas de Argentina, “así que viajó por todos lados. Encima, justo las escuelas alemanas están en los lugares más lindos”, vuelve a reírse.

Cuando le faltaban pocos años para jubilarse, surgió la posibilidad de volver a Alemania. “Fue genial, porque era en Alemania oriental, muy cerca de Berlín: el pedazo que no habíamos conocido en aquella época. La gente de Alemania oriental es distinta, es muy interesante ver la diferencia”. Trabajó cuatro años y medio ahí, conocieron a fondo Berlín, “una ciudad encantadora”. Y volvieron para retirarse.


La edad del ocio

“Ocio”, en el diccionario, se define como el “tiempo libre o descanso de las ocupaciones habituales”. En nuestros días –pragmatismo y utilitarismo mediante– suele asociarse al tiempo recreativo, no productivo, de vagancia. En la Antigua Grecia, era el tiempo que dedicaban los filósofos a reflexionar sobre la vida, las ciencias y la política.

La palabra escuela viene del griego scholè, que se traduce al latín por otium: ocio o tiempo libre. Cuando Tincho se jubiló se hizo un correo electrónico, que inauguró su nueva identidad: tinchocioso. Era una provocación al desconocido tiempo libre: “De ninguna manera estaba la posibilidad de no hacer nada. Lo que sí sabía es que no iba a hacer nada que tuviera que ver con mis 36 años de trabajo”.

Y así, sin saberlo, empezó la edad del ocio: el tiempo de aprender. Cuando se instalaron en La Porota, ya estaba la Cooperativa El Espinal, desde el 2006. “Martín, mi sobrino, es un enamorado de la naturaleza y eso contagia mucho. También ya estaban Laura Follonier y Nico Indelángelo. Todos ellos nos embalaron mucho”.

Entonces, Tincho empezó a informarse, a hacer cursos. Estudió con Walter Pengue, empezó a ir al Congreso de Salud Socioambiental que organiza Damián Verzeñassi en Rosario. En el 2013, después de ir al primer congreso, salió tan embalado que empezó a escribir.

“Lo que estamos haciendo ahora, no lo aprendí de ningún viejo. No tenía contacto con viejos agricultores que me vengan a enseñar cómo hay que hacer las cosas. Lo que he aprendido, lo aprendí de la gente joven. Y lo lamento, pero me siento uno más”, dice Tincho, a sus 72 incalculables. 

El círculo de gente se fue expandiendo. Se conectó con el ambientalismo. “Me fui nutriendo de ese aspecto, entendiendo las cosas que yo había visto de afuera, mirando otra película. Por ejemplo, lo que fue en la década del 90 la lucha contra la represa de Paraná Medio. Fue un ejemplo para todo el país, de cómo la lucha desde abajo puede lograr cambiar las cosas. En ese momento, había un presidente y un gobernador que estaban totalmente convencidos de lo que iban a hacer. Y que se logre cambiar eso… fue re importante”.

Tincho dice que estaba mirando para otro lado, que no se ocupaba del tema. Pero “además venía arrastrando… –se detiene–. Cuando empecé la secundaria, mi viejo que siempre fue amante del río, venía muy influenciado por la Unión Soviética. Recibía libros, revistas. Te imaginás que en la Unión Soviética se hicieron las represas de río de llanura más importantes. Además los rusos construyeron la represa de Asuán en Egipto. Para mi viejo era un sueño. Entonces, cuando estaba en la secundaria, la idea que yo tenía era ir a La Plata a estudiar Ingeniería Hidráulica: para hacer la represa”. 

Polo Martínez falleció en el 96 en plena lucha contra la represa. “Y yo estaba convencido de que hasta su muerte él defendió esa idea. Hasta que hace unos años charlé con Cosita Romero, que fue uno de los luchadores que hicieron la travesía en canoa desde Misiones hasta acá, parando en todos los pueblos, repartiendo folletos y explicando la problemática de la represa. Cuando iban a hacer ese raíd no tenían un mango, entonces empezaron a pedir ayuda y ahí Cosita me cuenta que apareció mi viejo con dos bolsitas con harina, yerba, qué se yo. Para mí fue muy emocionante. O sea, que él cambió esa idea”, se vuelve a emocionar Tincho. 

El presente, dice, “es un poco recuperar el tiempo perdido”. Después, se corrige: “Evidentemente no se puede, no me voy a culpar. Pero sí quiero tratar de aprovechar este tiempo”. Y entonces, la misma palabra tiempo pareciera tener otro significado.


La militancia

Los martes de noche, en Paraná, hay una ronda alrededor de Casa de Gobierno. Se sostiene como un solo fuego, que en vez de ocupar el centro, se distribuye en las manos de las personas que van y rondan, con sus velas prendidas. Es una ronda de silencio y al final, se habla: se habla, sobre todo, de cómo va la causa por las escuelas fumigadas. 

“Es un frente de lucha amplio, complejo, donde nos estamos defendiendo de un modelo de agricultura envenenante y tratando de que se termine y se generen alternativas. En el caso de las escuelas surgió la necesidad de judicializar el tema por la urgencia, porque no puede ser que se siga envenenando a docentes y gurises que juegan en el patio. No hay tiempo de esperar que cambien las normativas”, sostiene Tincho.

La judicialización, por vía de la Coordinadora por una vida sin agrotóxicos Basta es Basta y AGMER Paraná, venía dando sus resultados. El Superior Tribunal de Justicia respondió, en diferentes instancias, con fallos que protegían a las escuelas, ante los decretos provinciales que ordenaban reducir la distancia de las fumigaciones de 3000 a 500 metros aéreos y 100 metros terrestres. Hasta que en octubre, el STJ falló a favor del decreto de Gustavo Bordet. “Lamentablemente nuestro gobernador no está hablando con la parte que propone esclarecer las consecuencias que está teniendo el modelo del agronegocio”, sostiene Tincho.

La situación empeoró en el último mes: el Supremo Tribunal de Justicia de Entre Ríos terminó frenando los fallos de las instancias anteriores e impidió recientemente que llegue la demanda a la Corte Suprema de la Nación. “No queda más remedio que acudir a la Corte en carácter de queja y si no tuviera resultados, acudir a los organismos internacionales”. 

Tincho se lamenta de pensar que la visibilización de este problema y la conciencia de la población todavía “deja mucho que desear” y sostiene que “hay mucho que hacer ahí”. “Otro frente de lucha es seguir trabajando con ayuda de profesionales para la normativa y reglamentación vigente y que las protecciones se vayan extendiendo hasta cambiar el modelo”. 

Y, por último, el frente de lucha de las alternativas: “Está viniendo de a poco pero pisando fuerte: con la agroecología se está demostrando que sí es posible cultivar alimentos en forma sana, en armonía con la naturaleza. Ese es un punto todavía flojo en esta zona de Entre Ríos. Pero hay suficientes antecedentes en otras provincias que demuestran que la agroecología es viable, es rentable y está en condiciones de generar los alimentos que necesitamos”.


Algo de alemán en la vuelta a la tierra

Si es que tiene algo de alemán, dice, es una forma de pensar: “Nosotros invertimos diez veces el esfuerzo de los alemanes para cumplir objetivos, y capaz que no logramos ninguno. Porque no planificamos. Queremos cambiar el sistema, ir a una sociedad donde convivamos afectuosamente, sin injusticias. Y el sistema que queremos cambiar nos metió en la cabeza disciplina, organización, esfuerzo, montones de cosas que rechazamos porque son propias del sistema. Pero resulta que para cambiarlo, tenemos que poner todo eso”. Que los objetivos de los alemanes sean buenos, es otra historia, dice Tincho.

Sin embargo, la cara de culo de los alemanes, no la tiene. Aunque asegura que hay cosas que hay que hacer así.   

En La Porota hay un acuerdo básico o, en realidad, varios. El principal es: nada de veneno desde el primer día. Después, los otros valores pilares de la agroecología: “Trabajar en condiciones sociales y económicas justas, en armonía y respeto total con la naturaleza, tratar de generar una forma de producir cuyos precios sean accesibles a la gente común, no una elite como sería la producción orgánica. La idea no es producir cosas sanas que sólo las pueda comprar una pequeña parte de la sociedad”. 

Esas cuestiones básicas. “A partir de ahí, ¿vos querés hacer tal cosa? Dale”, incita Tincho.

Actualmente hay seis proyectos autónomos y cada grupo es responsable de su proyecto: además de la cooperativa apícola El Espinal, hay una chacra cultivada, chivos y vacas, gallinas, chanchos y la huerta, “que es un grupo sin obligación, de gente que tiene interés en venir a trabajar. C es comprometido y E es esporádico. Yo soy un E en la huerta. Cuando se está cayendo, pongo más días ahí”. 

El horizonte, para Tincho, es llegar a hacer una huerta productiva. “Necesitamos que estén las dos: la huerta experimental, donde pueda venir gente a desenchufar. Y la productiva, que pueda hacer circular alimentos sanos en más cantidad”. El 2020 puede llegar a traerla, como ya anunció que traerá talleres de formación para la huerta familiar con inscripciones totalmente gratuitas: compostaje doméstico en marzo, gallinero móvil en abril y huerta familiar en mayo. 

“La humanidad perdió el rumbo cuando empezó a concentrarse en mega ciudades y tratar de generar en esas megaciudades ambientes habitables donde sentirse bien. Ma parece que poco a poco vamos llegando a la conclusión de que en esos lugares es imposible sentirse bien. Y por eso yo estando acá, en contacto con la tierra, pudiendo meter mano, me siento re bien. El contacto con la tierra y con la juventud”, vuelve a decir Tincho, como si prescribiera una receta. 

Se queda pensando unos días, hasta que volvemos a hablar. Tincho me cuenta que le quedó picando algo: “Te había dicho que en mi niñez viví en el río y ahora en el campo, como si nada que ver una cosa con la otra. Y resulta que sí, tiene mucho que ver” –reconoce, como si recién lo descubriera. 

“Haber frecuentado tanto el río de gurí me hizo naturalizar la idea de que uno es parte de la naturaleza y no alguien que tiene que escaparse, o temerle o protegerse sino convivir naturalmente con ella. Yo creo que en definitiva fue eso, lo que cuando me jubilé me tiró para acá. Aprendí que no estamos para dominar a la naturaleza, somos una parte que convive con la mosquitada, con las tormentas, con el sol. Es una relación espontánea –define entonces Tincho–: la naturaleza no es un lugar hostil al que tenés que ir protegido por químicos”.