Autoficción

Aguantando el chaparrón

Octavio Gallo viajó a la final de la Copa Sudamericana y escribió un relato del éxodo sabalero en Paraguay. Rocío Truchet registró el partido en el Cementerio de los Elefantes.


Sábado 9 de noviembre, 17:15 horas. Estadio La Nueva Olla, Asunción del Paraguay. Faltan 15 minutos para que empiece la final de la Copa Sudamericana 2019, que enfrenta a Colón e Independiente del Valle. Hasta hace diez minutos hacía un calor abrasador, pero ahora se levantó un viento fresco que anuncia tormenta. Se acercan nubes negras mientras, en el centro de la cancha, Los Palmeras cantan Yo soy sabalero, la versión más querida de su hit Yo soy parrandero. En efecto, de este lado del Río Paraná la gente suele ser parrandera y sabalera. Los Palmeras capturan ese espíritu y se ponen del mismo lado, de nuestro lado, del lado del pueblo. Ellos también son sabaleros; por eso visten de rojo y negro esta tarde. Van vestidos de gala como las 40 mil personas que llenan las tribunas de La Nueva Olla, casi todas hinchas de Colón. Es un auténtico éxodo: 39.226 personas cruzaron la frontera según la Oficina de Migraciones de Paraguay. 39.226 personas que hoy conquistan el corazón del Barrio Obrero en Asunción y lo convierten en un anexo de la capital santafesina, bajo la atenta mirada de Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, que desde los palcos del estadio observa el delirio con el que entonan su himno: “no hace falta que les diga que soy raza / por mi piel escapa el alma sabalera / sangre y luto es el color de mi bandera / y a los negros yo los llevo aquí en el alma”.

Después de Los Palmeras es el turno de Luis Fonsi, que canta su hit Despacito, pero nadie lo escucha. Su música es totalmente tapada por la voz de la gente, que primero ovaciona a Los Palmeras y luego alienta a su equipo, al que acompañó 867 kilómetros para verlo campeón por primera vez en su historia. Yo estoy ahí parado, sintiendo el viento en mi pelo, mirando los ojos llorosos y las miradas perdidas de la gente que me rodea, uniendo mi voz con la suya, y soy feliz. Yo, un joven blanco, progre y de clase media, perteneciente a una generación sobrepsicoanalizada, acostumbrado a racionalizar todo, estoy ahí, completamente fundido con la pasión de la gente, cerrando los ojos, flotando en cumbia. Creo que uno justifica su propia vida en esos breves y epifánicos instantes de felicidad, belleza o asombro. A mis 23 años he vivido algunos momentos de ese calibre, los suficientes como para tener ganas de seguir buscando otros nuevos: los momentos previos a la final de la Copa Sudamericana se anotan en ese listado, tan reales como cualquier amanecer, canción o despedida.

Objetivamente fue un viaje nefasto. Todo lo que podía salir mal, salió mal. El viernes a las 11 de la mañana me encontré con Ramiro, el amigo que sería mi acompañante. Hace varios años que vive en Buenos Aires, pero cada tanto viene a ver a Colón a Santa Fe, y desde el momento en el que supimos que íbamos a jugar la final organizamos para ir juntos. Compramos pan, jamón y queso, preparamos unos sándwiches, calentamos agua para el mate y partimos. Mi viejo nos llevó hasta el club, de donde salían los colectivos hacia Paraguay. Ya había una larga fila. Antes de irse, me dio un abrazo fuerte, acompañado de las típicas palmadas de varón-que-abraza-a-otro-varón, y me dijo que vaya a terminar lo que él había empezado.

En 1993, Colón llevaba ya 12 años en la B Nacional y jugó una final contra Banfield en Córdoba para dirimir el ascenso a Primera División. Hacia allí partió mi viejo junto con 30 mil almas, en el que representaba, hasta hace una semana, el mayor éxodo de la historiografía sabalera. El partido salió empatado: Colón erró un penal durante el tiempo regular, y luego desperdició varias chances en la serie de penales. Estuvo a tiro del ascenso, pero terminó perdiendo. Mi viejo volvió siendo un fantasma. No habló como por una semana. Por eso sus palabras: yo era el encargado de continuar la tarea, emprendiendo un viaje que llegue a buen puerto.

Luego de una hora bajo el sol llegamos a la puerta. Quedaban los últimos colectivos. Nosotros habíamos comprado coche cama, pero por problemas en los controles todos los asientos de coche cama ya estaban ocupados. Quedamos aproximadamente unas 30 personas sin lugar. Un representante de Flecha Bus nos dijo que esperáramos en la sombra y, luego de unos diez minutos, nos comunicó que no había posibilidades de conseguir otro colectivo. ¿Un monopolio como Flecha Bus sin un coche de repuesto? Difícil de creer. Las opciones eran -textual- “viajar en semicama o no viajar”. Frente a las quejas, la respuesta del tipo fue: “llamen a atención al cliente”. Obviamente, terminamos subiendo, porque no nos quedaba otra.

Subimos, nos acomodamos y salimos. Rápidamente conocimos al que sería nuestro mayor enemigo durante las siguientes 24 horas: el ronquido del tipo que estaba atrás nuestro. Era un ronquido extraño, fuerte, constante e irregular. Por momentos hacía “jjjjjj”, por momentos pasaba a un “erggggggg” y en momentos hasta ensayaba un sombrío “nnn-ah-nnn-ah”. Además, el tipo dormía mucho: estuvo durmiendo durante el 80 por ciento del viaje. Obviamente era un personaje querible, como todo gran roncador: tenía una gorra de Colón de las viejas, de la década del 90, tatuajes del Indio y de Kiss y los lentes del de La Mosca. Mientras estaba despierto se encargaba de contar su historia de vida a retazos. Así supimos que había nacido y vivido toda su vida en barrio Chaqueño, al noreste de la ciudad. Según su relato, el barrio estaba signado por una disputa entre dos familias que marcaba, a ritmo de bala, la vida cotidiana. “El conflicto viene de largo”, nos decía. Que el abuelo mató al primo de uno, que el padre le robó la mina al otro. “Yo me llevaba bien con las dos partes. Y por eso me terminé mudando.” Supimos, también, que roncaba tanto porque tenía arruinado el aparato respiratorio. Se tenía que operar pero le había dicho al médico que no contase con él hasta después de la final.

El fútbol es, quizás, el principal componente emocional en la vida de las personas en Argentina. Especialmente de los varones, claro: por encima de tu mujer, y quizá sólo al mismo nivel que tu vieja, está tu club, la antorcha que pasa de pater en pater. El club es tu abuelo, tu viejo y tu barrio; es tu infancia, tus amigos, tu familia. El club acompaña cada momento de tu vida hasta que te convertís en padre, y recreás esa tradición, porque la tenés incorporada, pero también porque aprendiste a disfrutarla. Las críticas que desde ciertos sectores se le hacen al fútbol son acertadas en el plano descriptivo: la tradición, la alienación, el factor emotivo, la descarga ante las frustraciones de la vida, el patriarcado… todo eso está. Pero también hay disfrute, también hay amor, también hay un sentirse vivo que es, quizás, el único breve momento epifánico que el sistema le ofrece a mucha gente. Y lo ofrece a regañadientes, porque el fútbol tal cual lo conocemos está, cada vez más, en peligro de extinción.

La ruta era una procesión. Banderas de Colón en cada pueblo de la provincia, niños saludando, camisetas atadas en las ventanillas de los autos que pasaban. Cada estación de servicio era un fogón. Fila para ir al baño, fila para cargar agua caliente, fila para comprar un sándwich de miga y una sensación de hermandad atravesando los cuerpos, transmutando en canciones que brotaban de forma casi involuntaria. Cada hincha de fútbol guarda un repertorio inmenso en su cabeza, que se materializa casi exclusivamente en grupo: un coro desafinado y afónico que, sin embargo, tiene una musicalidad hermosa.

Cuando llegamos a Chaco todo se hizo más lento. Cada uno de nuestros movimientos era escoltado por la policía. La gente nos miraba, algunos filmaban, otros reían. Después de la parada en Resistencia pudimos, finalmente, dormir un rato. Cuando desperté ya estábamos en Paraguay.

La aduana se hizo casi interminable. Según nuestros pasajes, llegaríamos a las tres de la mañana. Pero era el mediodía y seguíamos en Argentina. El trámite del lado paraguayo fue más corto y más caluroso. La policía nos hizo bajar del colectivo y abrir nuestras mochilas, pero casi ni miró en su interior. La ansiedad ya me estaba matando. Estábamos a menos de cinco horas del partido más importante de nuestra historia.

Entrar a Asunción fue otra experiencia inolvidable. Había gente de Colón por todos lados, banderas en los balcones, hasta un cartel electrónico que rezaba “la gloria los espera”, acompañada por el escudo de Colón. La gente nos saludaba en cada esquina. Nos saludaban parejas, obreros, playeros, niños, grupos de adolescentes, ancianos sentados en las puertas de sus casas. Y, en cada cuadra, dos o tres camisetas de Colón. Ya sabíamos que éramos muchos, pero confirmarlo era hermoso. Estábamos literalmente conquistando otro país.

El colectivo iba frenando cada veinte cuadras, presa de un operativo policial absurdo. En la costanera frenamos de nuevo, y una larga fila de colectivos por delante nuestro presagiaba aún más demoras. “Vamos caminando, ya fue”, dijimos. Hacía un calor espantoso: compramos un agua y arrancamos. El camino hacia el estadio fue una procesión más. Cualquier hincha de fútbol conoce esa sensación hermosa de ir acercándose al estadio, cruzándose con hinchas de su equipo, escuchando un murmullo cada vez más fuerte. Caminábamos por la Asunción colonial como por el patio de nuestras casas. La gente nos alentaba, nos daba fuerzas, nos indicaba el camino correcto. A pocas cuadras me lo crucé a Fede, que me dijo que estaba conteniendo las lágrimas. “Hoy se nos da”, me prometió.

Finalmente llegamos a La Nueva Olla. En teoría iba a haber control de alcoholemia, pero no fue así. Al parecer, sí estaba prohibido entrar con cigarrillos, pero zafé milagrosamente. El primer policía me palpó y me dijo que no podía entrar con encendedor. Saqué todo lo que tenía en el bolsillo derecho, le dije que ya no lo tenía y mientras lo decía me di cuenta de que estaba en el bolsillo izquierdo. “Bueno, pasá”, me dijo. El segundo policía que me revisó me vio con un atado vacío en la mano (el atado lleno también estaba en el bolsillo izquierdo) y me ordenó que lo tirara. Así que entré intacto.

Faltaban todavía dos horas para que empiece el partido, pero el ruido era ensordecedor. Nuestras entradas pasaron por un scanner dudoso. Apenas estuvimos adentro lo vi a Juampi, a Ciru y a sus amigos. El año pasado había viajado a San Pablo con ellos a ver el primer triunfo de un equipo argentino en el mítico estadio Morumbí, en un viaje con muchos más excesos que éste. Nos abrazamos, me convidaron un porro y no dijimos mucho más. Estábamos emocionados. Rápidamente me alejé porque me comentaron que ya no había mucho lugar. Seguían faltando dos horas, y la gente seguía entrando en manada, pero las tribunas ya estaban repletas. O vendieron entradas de más, o hubo gente que se coló, o las dos cosas. En cualquiera de los casos, fue una vergüenza más para una confederación como la Conmebol, que quiere asemejar sus eventos a los europeos pero que nunca cuida a la gente. Podría haber pasado algo malo, pero por suerte abrieron una puerta que llevaba a otro sector y el lugar se dispersó un poco.

Y ahí estábamos. En la tribuna de La Nueva Olla, esperando para ver a nuestro querido Colón en una final internacional. La imagen del estadio repleto de nuestra gente era bellísima, increíble. “Mirá lo que es esto. Mirá cuántos somos. 40 mil personas a otro país. Estamos enfermos”. Las miradas no mentían: todes estábamos pensando lo mismo.

La previa estaba amenizada por una serie de pelotudeces yanquis propias de la europeización que quiere imponer la Conmebol. Hasta hace no muchos años, la Conmebol era una organización corrupta que aceptaba las vicisitudes propias del territorio al que se circunscribe: la macondiana Sudamérica. Hoy en día sigue siendo igual de corrupta, pero, no conforme con eso, intenta transformar nuestro fútbol en un espectáculo deportivo que, simplemente, no cuadra con nuestras características. Este año se estrena la final única en sus dos principales competiciones, las copas Sudamericana y Libertadores. En lugar de hacer dos partidos, permitiendo a la gente ver a su equipo en su propia cancha, se organiza una final en estadio neutral, con precios estratosféricos y menor capacidad de asistencia. Les hinchas de Colón la sacamos barata: Paraguay no queda tan lejos, dentro de todo, y nuestro rival, el Independiente del Valle ecuatoriano, es un club nuevo y sin muchos hinchas, así que prácticamente todo el estadio quedó para nosotres. Pero, aún así, los seis mil pesos (mínimo) que significaron la entrada y el pasaje son excluyentes: y preguntémosle a les hinchas de River, quienes viajarán a Lima el 24 de noviembre para ver a su equipo jugar la final de la Libertadores. Un espectáculo para pocos, y el resto que lo mire por televisión: ese es el modelo de la Conmebol. Y, como decía, este modelo se complementa con una serie de pelotudeces yanquis que iban desfilando por la pantalla del estadio, tales como una kiss cam (una cámara que enfocaba a parejas heterosexuales que debían responder besándose) y una karaoke cam (una cámara que enfocaba a grupitos de personas y les proponía cantar éxitos latinos como Despacito). Por suerte, la gente reaccionaba como es debido: abucheando, silbando, riendo e ignorando las propuestas de la cámara, que ante cada nuevo intento de karaoke veía cómo la gente prefería cantar canciones de Colón.

Las nubes negras llegaron casi al mismo tiempo que el escenario. El viento anunció un cambio de clima, mientras Los Palmeras salían a la cancha recibidos con una ovación. Era la venganza de los humildes, que habían recorrido 867 kilómetros para cantar, de forma mancomunada y frente a todos los canales de televisión del mundo, las mismas cumbias que cantaban cada fin de semana en la Costanera, con un porrón de por medio.

Colón nació en plena inundación de 1905, en territorios anegados por el agua. A su hinchada le colocaron el epíteto de “sabaleros”, porque solían alimentarse de sábalos, un pescado de río barroso y humilde. Como toda ofensa, se convirtió en una bandera de lucha: la hinchada adoptó orgullosa el apodo, y desde entonces se identificó con el pobrerío, con los pescadores, con el pueblo más empobrecido. Colón siempre fue la humildad, la lealtad y las tribunas de madera. Y muchos años después, con algo más de plata en sus arcas, sus imponentes plateas de cemento sirvieron de dique para frenar el agua que inundó los terrenos del sudoeste. Fue un gesto fraterno, una compensación histórica del club para con esa gente que lo había defendido en su nacimiento pobre, que jamás había renegado de sus orígenes y que había llenado la cancha cada fin de semana de su historia. Y otra vez el agua se hacía presente en la historia de Colón, mientras Luis Fonsi sucedía a Los Palmeras cantando una versión de Despacito que nadie escucharía, porque la tapaban las 40 mil voces que seguían cantando: “Aea / Yo soy sabalero / Aea / Sabalero, sabalero”.

Del partido en sí no voy a decir mucho. Fue un episodio nefasto, de los tantos que sufrimos a lo largo de la historia. Hay una canción de Canario Luna que saluda a los hinchas de los cuadros chicos, esos que viven persiguiendo una hazaña que nunca llega, un campeonato que nunca se da, una victoria que siempre es esquiva. “Los hinchas de cuadros chicos / arrancan en un camión / con la bandera en los hombros / atadita a una ilusión / si la razón los discute / discuten con la razón / con el viento siempre en contra / aguantan el chaparrón”. Hay algo de romántico en esa relación perpetua con la derrota. Porque podríamos ser de River o Boca, y chapear con que somos los más grandes, pero, ¿qué sentido tendría verla desde afuera? ¿Se sentirá real celebrar por televisión? Los hinchas de cuadros chicos cultivan un amor más fiel, más genuino y más franco: al fin y al cabo, no somos unos ganadores. Trabajamos mucho, cobramos poco, nos emborrachamos y nos enamoramos. Cada pequeño triunfo nos representa un montón, porque nos aleja un poquito de la guadaña. Siempre estamos al borde del descenso, en el fútbol y en la vida, y por eso nuestras victorias se asemejan mucho más a las borracheras de una noche que a una pose de ganador que nunca resultaría creíble.

Claro, digo todo esto porque perdimos. Sería hermoso ganar alguna vez en la vida. Igual, uno ya está curtido. Por eso cuando nos hicieron el primer gol ya me imaginaba todo el resto. El partido estuvo suspendido por una lluvia torrencial durante treinta insoportables minutos. Nos acovachamos en las escaleras hasta que se reanudó. Nos hicieron el segundo gol apenas empezó el segundo tiempo, nos dieron un penal y lo erramos. Casi ni me lamenté, porque ya lo preveía. Estuve todo el segundo tiempo encogido, cagándome de frío, con la ropa empapada mientras seguía lloviendo a cántaros, con un dolor de cabeza insoportable producto del sol, el frío y el cansancio acumulados. Cuando hicimos el gol del descuento faltaban aún siete minutos, pero no les voy a mentir: no me ilusioné ni un poquito. Tampoco voy a ocultar el hecho de que, cuando nos hicieron el tercer gol, durante un instante se me cruzó por la cabeza el siguiente pensamiento: ¿qué mierda hago acá, cagado de frío, con la cabeza estallada, sin un puto abrigo, sin nada de ropa seca, a 867 kilómetros de mi casa, con 24 horas de viaje por delante, para ver a unos muertos perdiendo como siempre?

“Nunca más viajo a ver a Colón.” Cualquier hincha de fútbol se hizo la misma promesa veinte mil veces. Y sin embargo hoy, viendo las fotos y los videos de esa hermosa marea rojinegra, no me arrepiento ni un poco. Y el próximo domingo voy a estar en el mismo lugar de siempre, en mi querido Brigadier Estanislao López, en ese estadio que siento como mi casa, al lado de mi viejo, recibiendo a esos mismos once muertos con papelitos y cantando, una vez más, que daría la vida por verlo campeón.